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Techos de cristal que pesan como hormigón

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A puertas del día de la mujer, conviene preguntarnos si efectivamente el 8 de marzo existen suficientes motivos para celebrar. O si, más bien, debería servir para concientizar aquello que como sociedad nos falta para poder decir que estamos haciendo lo suficiente para lograr una verdadera y efectiva equidad, a favor de quienes son más del 51% de la población.

En la historia de la ciencia existe una fotografía, tomada en 1927, durante la Conferencia de Solvay, que muestra a Marie Curie como única mujer rodeada de 28 hombres, todos ellos científicos, que asistieron a ese evento; entre ellos Nierls Bohr, Albert Einstein y Erwin Schrodinger. Un hecho inédito para la época: una mujer científica que en los años 20, en un ambiente cerrado para las féminas, se abrió espacio y reconocimiento en el ámbito de la investigación y la ciencia y que, como sabemos, pasaría a la historia por su descubrimiento de substancias radioactivas como el radio y el polonio. Desafortunadamente, esa imagen del pasado sigue siendo una realidad.

Quien hubiera creído que la foto de Marie Curie, iba a repetirse una y otra vez en nuestras sociedades con distintos rostros de mujer, debido a los escasos espacios de importancia y toma de decisiones poblados de mujeres. Si bien hay que reconocer que, tanto el sector privado como el público hacen esfuerzos para tomar en cuenta a las mujeres, los conceptos conservadores que dudan de la capacidad de ellas para liderar procesos significativos, edifican techos de cristal que son barreras muchas veces invencibles a la hora de superarlas.

Los llamados techos de cristal, dificultan la presencia y la promoción de las mujeres en el ámbito profesional y constituyen, en la práctica, una barrera real y difícil de superar. Esto ocurre por muchas razones, entre ellas, los estereotipos de género y la cultura conservadora de la sociedad.

En el Ecuador este fenómeno sucede y forma parte de nuestro entorno. A diario, las mujeres conviven con techos de cristal que parecen hechos de hormigón, por lo difícil que resulta superarlos y vencerlos. Si bien tenemos referentes de mujeres cuyos logros nos inspiran a todos, las barreras son el pan de cada día en su desarrollo profesional y la disparidad en las oportunidades que estancan sus ascensos.

Buscando el origen de esta situación, nos encontramos con que tienen sus bases en creencias culturales y sistemas estructurales que han deformado sistemáticamente el rol de la mujer, y que han ido asumido como normal conceptos y prácticas erróneas. El Global Gender Gap Report 2018 del Foro Económico Mundial presenta datos que ejemplifican esta realidad, al señalar que las mujeres profesionales ganan usualmente menos de lo que gana un hombre profesional, por hacer el mismo trabajo. ¿Por qué sucede esto? No porque tienen menos formación, sino porque, en la mayoría de los casos, se asume que si una profesional tiene hijos es probable que no se pueda comprometer a largo plazo porque se sigue identificando el cuidado del hogar como exclusivo de las mujeres, y no como una responsabilidad que debe ser compartida. Entonces, a la hora de pactar un salario termina siendo tratada de forma inequitativa.

Este tipo de prácticas ha hecho que el éxito profesional de las mujeres requiera de un doble esfuerzo: les ha tocado probar constantemente sus capacidades, pues vivir en una sociedad prejuiciada, con respecto al valor y talentos de las mujeres, vuelve su desenvolvimiento económico y social más lento.

En medio de esto, es un error pensar que romper los techos de cristal es tarea solo de las mujeres. En realidad es una tarea de toda la sociedad porque implica el compromiso colectivo de romper estereotipos y transformarnos como sociedad, planteándonos formas de trabajo conjuntos entre géneros, y justos para los dos.

Crear conciencia colectiva y reconocer estas barreras es el primer paso para avanzar hacia la equidad; fomentar prácticas de apertura de oportunidades y gestión de talento en clave de igualdad viene después y generar, desde el Estado, políticas públicas con transversalización de género y cero tolerancia a la discriminación y al acoso, son solo unas pocas ideas que, de ponerse en práctica, ayudarían mucho a la inclusión de las mujeres en el campo económico, productivo, gerencial y político. Esto cambiaría nuestra sociedad para siempre.

Todos queremos progresar, mejorar nuestras condiciones de vida para nosotros y asegurar así un buen futuro a nuestros hijos. Pero mientras tengamos techos de cristal, que pesan como hormigón, estaremos dejando atrás a más del 51% de la población, reivindicando una sociedad injusta. Promocionemos, acompañemos, y sostengamos a nuestras mujeres en espacios de liderazgo, porque en el Ecuador ¡sí hay mujeres!

Ruth Hidalgo es directora de Participación Ciudadana y decana de la Escuela de Ciencias Internacionales de la UDLA.

2 Comments

  1. Muy cierto y de acuerdo en mucho, pero si una mujer gana menos por hacer lo mismo que un hombre en el sector publico al menos , puede denunciar al ministerio del trabajo y va preso hasta el o la gerente, si las mujeres ganan menos por el mismo trabajo y en ocasiones lo hacen mejor, lo cual me consta, ¿porque los empresarios con su gran olfato para los negocios no contratan solo mujeres y duplican sus ganancias ?; Preguntitas no mas son, y de un neófito en el asunto, no se enojen.

  2. Estimada Ruth:

    ¡somos mitad mitad!

    Comparto con Usted la visión de que la cultura patriarcal en la que vivimos es nociva y atentaroria de la libertad personal tanto para mujeres como para hombres.
    También, llamo su atencion a la cifra que menciona mas de una vez: mas del 51 % de mujeres … esto no es así según un sin numero de fuentes como por ejemplo Banco Mundial
    Por favor revise la cifra y las consideraciones que esta conlleva.

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