Las Galápagos y el llanto de Poseidón

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En la mitología griega el reino de los mares era celosamente guardado por el temible y caprichoso dios del mar, a quien los navegantes debían rendir tributo so pena de sucumbir a sus pies. Esta imagen de la inmensidad de los océanos y de sus misterios ha acompañado a la humanidad desde su inicio. Sin embargo, ese reino inconquistable y su inmensidad, que hoy conocemos gracias a sus ecosistemas submarinos, su rica biodiversidad, y un sinnúmero de especies necesarias para su equilibrio, se está convirtiendo al igual que Poseidón, en un mito.

Varios estudios dan cuenta de que en los últimos 40 años ha ocurrido una disminución de las especies marinas en un 39% y que, en promedio, cada persona hoy consume 19.2 kg de pescado al año; alrededor del doble del consumo que hace 50 años. Más del 50% de las exportaciones proviene de países en desarrollo. Se evidencia así un efecto sostenido de vaciamiento de los océanos con incalculables consecuencias para la seguridad alimentaria de los países costeros y para el equilibrio ecosistémico global. Entre las causas más próximas se encuentran la sobrecapacidad en la pesca, la pesca indiscriminada, la contaminación en altamar y la que ocurre desde el continente.

El mundo es testigo, gracias a sistemas satelitales, de la existencia de grandes flotas de bandera china apostadas en los límites de nuestra Zona Económica Exclusiva. Un enorme apetito depredatorio amenaza nuestra joya de la corona: el Archipiélago de Galápagos, Patrimonio Natural de la Humanidad, Área Protegida, Reserva Marina de relevancia y cuna de inspiración científica mundial. Surgen entonces preguntas sobre la fuerza de los acuerdos internacionales para proteger no solo los recursos marinos en el ámbito global sino también sobre la eficacia del derecho internacional ambiental para conservar los ecosistemas ya protegidos dentro de un territorio marítimo. Se suma la urgencia de promover la pesca responsable en aguas bajo jurisdicción nacional.

Se conoce que a pesar de la suscripción de la Convención del Mar (Convemar), aún quedan grandes zonas grises para lograr someter a la regulación la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada especialmente en áreas mas allá de las jurisdicciones nacionales donde no operan controles. Así como para proteger los ecosistemas marinos cuya conectividad y flujo no conocen fronteras, y que hoy, gracias a la ciencia, sabemos que sus niveles de interdependencia son altísimos y, a menos que los estados actúen de forma conjunta y coordinen sus políticas de protección, los resultados serán exiguos. Las amenazas no cesarán ni en el corto ni en el mediano plazo si el horizonte de negociación de nuevos acuerdos luce impredecible.

Las gestiones de coordinación de las carteras ambientales que hoy se impulsa entre países ribereños del Pacífico Sudeste como Ecuador, Costa Rica, Panamá, y Colombia, son necesarias pero deberán estar acompañadas de una ofensiva diplomática conjunta para demandar protocolos, construir alianzas, lograr acuerdos con países y bloques de países, y preparar argumentos jurídicos de peso en el plano internacional, que alejados de los cálculos de coyuntura, puedan actuar en todos los foros multilaterales competentes como FAO, OMC e instancias de Naciones Unidas. La Cancillería ecuatoriana tiene un reto importante en sus manos y puede liderarlo con autoridad, con la ventaja de contar hoy con un equipo profesional al mando.

Esto deberá reflejarse, sobre todo, en el impulso a la negociación de la Conferencia Intergubernamental que discute un instrumento legalmente vinculante bajo la Convemar sobre la conservación y uso sostenible de los recursos biológicos marinos más allá de las áreas de jurisdicción nacional (Resolución de Asamblea General 72/249, del 2017). Urge así, alcanzar un consenso sobre los controles necesarios ya que es posiblemente la última oportunidad que tiene la comunidad internacional de proteger, de forma efectiva, los ecosistemas marinos y lograr un marco de cooperación que destierre la Tragedia de los Comunes que se ha impuesto en la pesca mundial, y que ha ralentizado su capacidad de alcanzar acuerdos.

Se conoce de antemano el complejo escenario multilateral pero, de no lograrse esta meta en un plazo aceptable, bien podría la humanidad sentarse en la orilla y sumarse al llano de Poseidón por un reino que no volverá.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria.

3 Comments

  1. Se puede definir a la tragedia de los comunes como una situación donde existe ausencia de incentivos para evitar la sobreexplotación y el agotamiento de un recurso de propiedad común, ya que, si un recurso no le pertenece a nadie, ninguna persona toma en cuenta los efectos del uso del recurso sobre los demás. Es lo que sucede con la flota pesquera china que recorre allende los mares, motivados por un interés loable quizás: alimentar a su numeroso pueblo, pero que a la corta o a la larga terminará agotando y destruyendo un recurso compartido con el resto de la población mundial, generando de esta manera una situación desastrosa, pudiendo llevarla incluso a su extinción. Quizás los pescadores chinos no desean exterminar los recursos ictiológicos, lo que se evidencia más bien, como bien lo señala en este artículo, es la falta de una regulación eficiente de estos bienes de uso común que ahora están sujetos al aprovechamiento masivo y sin restricciones.

  2. Es hora de que organismos internacionales como la OEA, ONU, FAO, tomen cartas en el asunto para detener el saqueo de los recursos marítimos por ciertas potencias como la China, que hoy mismo amenaza a la fauna marina de nuestras Islas Galápagos. La ambición humana debe tener un límite; se debe proteger al planeta para las futuras generaciones. «Después de mí el Apocalipsis», piensa el egoísta. Buen artículo.

  3. Felicitaciones , muy buen artículo que deja en claro la expoliación inmisericorde de nuestros mares , como consecuencia de la codicia humana . Se tomarán las medidas necesarias a tiempo , y así salvar este recurso natural único ?????? Ojalá así sea !!!!!!!

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