¿Monumentos que ofenden?

en Influencers4P/Invitados por

La discusión intelectual –que quiere pasar por “activismo” usando una clásica estrategia de gato por liebre– sobre las reacciones violentas contra monumentos concebidos como dignos de indignación por parte de quienes los atacan en la mitad de distintas formas de protestas sociales, tiene una doble cara que vale develar.

Primero, aquellos argumentos no consideran las razones mínimas del animismo que encierran imágenes y objetos en el mundo contemporáneo y, gracias a la ignorancia de esta dimensión, propagan la idea de que, de una u otra manera, desfigurar o destrozar un monumento es un acto de justicia. René Magritte, desde hace un siglo atrás, dejó en claro con su espléndida pintura La Traición de Las Imágenes, que la representación visual es una re-presentación, y que ahí radica, precisamente, su paradoja principal. Para cualquier mediocre lector de Foucault, uno de los ídolos de las sapadas académicas que abanderan el debate decolonial y uno de los pensadores sobre el gesto de Magritte, ese simple mensaje debiera haber quedado claro. Parecería que no. Festejos, en el espíritu más canibalístico, o, llamados a “recontextualización” en su versión más fresca, dan cuenta de una acomodaticia ceguera que niega la trampa fundamental de las imágenes. Una trampa que emana también del carácter material, artístico y arquitectónico de los monumentos. El segundo aspecto a considerarse es la erección de autodenominadas formas de arbitraje del espacio público y lo que se coloca o no en esa entelequia, pues siguen pensándola, dicho sea de paso, como si la ciudad todavía existiera en su espíritu más modernista.

El carácter ofensivo de las imágenes, para empezar, es una de las reacciones sensoriales que ellas pueden levantar entre cierta gente. Es una posibilidad entre múltiples otras, tales como el adorarlas o ignorarlas. Su vandalismo es la reacción más violenta contra la propia violencia que genera una u otra imagen. Los monumentos, al estar emplazados en espacios de circulación abierta, por tanto, están sujetos a una u otra reacción o intervención. La mayor parte del tiempo la mayoría de gente los acepta como parte de la cacofonía de una ciudad o de un paisaje construido históricamente dados. Las imágenes y los objetos gritan, efectivamente, pero de distintas maneras, en distintos momentos, y solamente interpelan a ciertas formaciones sociales, cuando no a quienes sin beneficio de inventario se declaran activistas automáticos en las causas de la protesta contra aquellos. Los intentos de censura son, por supuesto, abominables y profundamente reaccionarios, al contrario de lo que sostienen sus proponentes.

La pandemia me ha enseñado, en la brutalmente desigual ciudad en la que vivo, que el transitar en su infraestructura puede llevarnos a experimentarla como un ensamblaje emergente compuesto por arquitectura, objetos, vías, ruidos, olores, gente e imágenes. Fue el silencio de mis caminatas en Bogotá durante los primeros meses pandémicos las que me brindaron aliento para repensar lo que mi amigo y profesor, el célebre artista multimedia, Antoni Muntadas, me había explicado reiteradamente en sesiones de portafolio en Nueva York: “la arquitectura respira”. Y los objetos respiran, y las imágenes gritan y cobran vida solamente cuando estamos tuneados para formar parte del ensamblaje sensorial que aquellos destapan.

De esa posición al fascismo iconofóbico que promueven ciertas tiendas de izquierda y derecha –aceptando, por un pestañeo, que esa diferencia todavía existiera en tiempos de pandemonios populistas– hay un paso enorme que no voy a darlo por meras afinidades adefesiosas con ciertos movimientos sociales cuya responsabilidad en la propia profundización de la miseria de la experiencia urbana, al momento de destruir uno u otro monumento, debería, efectivamente, ser ponderada. La hipocresía que las posiciones de esta naturaleza encierra es, además, patente y dependiente de la activación de conceptos sobre “lo patrimonial”, una discusión sobre la que he descargado antes mientras abogaba por su abolición entera del léxico antropológico sobre nación y ciudades. Ese concepto lo único que ha fomentado es la colusión entre intereses corporativos, energúmenos políticos, y gobiernos locales para vender ideas sobre lo que debe ser o no visible en una ciudad. ¿O no recuerdan un afamado bodrio denominado Museo de Carondelet?

Es tan permisivo el virus patrimonialista, incluyendo versiones supuestamente críticas al mismo, que hasta en los cuarteles del turismo alternativo venden la idea de tures de barrio en el Quito colonial que llegan a su éxtasis con vino y cena en un restaurante italiano después de recorrer, claro, el Quito del barroco hispánico.

Esta es una disputa banal, alimentada adicionalmente por las nostalgias sobre la idea de una nación multi, inter o pluricultural como si la alternativa fuera hacer más estatuas para dejar al pueblo multi, inter o plurifeliz. Hace más de una década, junto a algunos otros colegas, estuvimos comprometidos con visibilizar aquella producción creativa de la gráfica popular que casi ha sido desterrada gracias al fetichismo de la gestión cultural y la homogenización del espacio público, fomentados sin desmayo durante las últimas décadas. Esas formas de rotulación popular y sus hacedores constituyen un magnífico ejemplo de un tipo de legado, creado desde abajo por la gente y con nulo reconocimiento del Estado, y que apuntaron, en el pasado, a participar en un diálogo cacofónico emanado desde la experiencia de lo urbano.

La defensa de la idea de la nación es la forma más conservadora de pensar la política, y eso es exactamente lo que hacen quienes pliegan a la monumentalización alternativa por la que abogan. Si no entendieron que la nación como idea vale un cuerno en tiempos de una pandemia global manejada pésimamente por iniciativas precisamente nacionales, probablemente no lo van a comprender nunca. Dejen a las imágenes y a los objetos vivir las vidas que tengan en gana, y déjenlas dialogar con la gente como les dé la gana. Dejen que el amor y el odio a los monumentos sean posibles y coexistan como posibilidades del relacionamiento social con ellos. Fíjense bien en el tipo de debates que abogan por formas radicales para reconfigurar el espacio público, o lo que queda de él, a partir del comentario al monumento ya emplazado. Soluciones simplistas como las de pongan a un indio y eliminen a la Reina Isabel, solamente dan cuenta del entrampamiento esencialista que respiran, mientras omiten el hecho de que los principales fans de los mañosos mitos indigenistas y costumbristas han sido administraciones como las socialcristianas en Guayaquil por varias décadas, desde Guayas y Quil hasta Juan Pueblo. El problema está en las ideologías que sostiene lo monumental como referente principal, único o supremo.

Comentar un monumento supone abogar por el arte, no imponer absurdas nociones sobre performance o acción cuando alguien tira pintura sobre lo que sea. Menos todavía la aniquilación ni el retiro de una u otra efigie por detestable que sea. El resto son eufemismos para hablar sin vergüenza alguna, de censura. Nada más peligroso que la mentalidad cerrada que se ha venido fomentando en Ecuador para, operando mediante la “cultura de la cancelación”, se censuren una u otra cosa, forma de pensamiento o estatua, da lo mismo, implorando el abrigo de las instituciones culturales que, además, ni siquiera existen y que si lo hacen todavía, difícilmente, sobrevivirán quizás solamente para engendrar nuevos clientelismos para quienes se piensan en posiciones de casiministras, en cuyo caso, obvio, les envío mis mejores deseos para que obtengan en el corto, mediano y largo plazos por lo menos la potencial consultoría en un futuro que, por impredecible que sea, siempre requerirá de argumentos de este tipo: blanco y negro. Los colores de la clase política.

X. Andrade es profesor Asociado y Coordinador del Laboratorio de la Imagen, Antropología, de la Universidad de Los Andes, Bogotá.

7 Comments

  1. “Comentar un monumento supone abogar por el arte… “, no necesariamente o muchas veces forzadamente. La discusión no es sobre el valor artístico, el arte a secas, sino sobre el mensaje que subyace en la estética de la representación. El Monumento por principìo es un objeto o sistema de objetos (en su mayoría bodrios) diseñado para recordar para “perennizar” la memoria, pero ¿quién decide lo que hay que recordar o a quién?.
    La analogía con Magrite es interesante, los objetos representados no son los objetos, son una representación y como tal (toda una elboración gráfica del sentido de la estética de kant) ningún acto de representación es ingenuo (más aún las monumentales). Ninguna representación es ingenua, mucho más las que pretenden condensar espíritus, grupales, nacionales, colectivos. Las representaciones evocan y convocan fantasmas, demoños, ángeles, más complicado si estos quieren sintetizar los espíritus esencialistas.
    Desde el autor se apela a un juicio estético, el cual apela a un ‘sentido común’ (¿ethos cultural, panestética jungiana, esencialismo nacional, cosmovisión?), esto es, que las personas tengamos las mismas capacidades para juzgar la manera como a todos nos podría afectar subjetivamente una representación y converger en su esencia y diseño evocado y convocado unilaterlamente y aceptado como esencial y vital para la preservación de la memoria.
    Las adjetivaciones sobre la representación de un monumento construyen predicados que expresan posiciones de sujeto. Estos predicados no califican objetivamente algo (objeto, sitema de objetos), sino que informan cómo afecta estas representaciones subjetivamente.
    En tal sentido, dejar a los objetos y las imágenes la vida que tengan en gana, dice Andrade, sería asumir que los objetos están dotados de una esencia ultraterrena son una suerte de ‘golem’ que defenderá por si misma ideas y posiciones, probablemente sí, no obstante, cuando se dice que los objetos tienen que dialogar con las personas, pues totalemnte de acuerdo, los objetos tienen sentido por el valor que las personas dan a esa representación. Pero esa representación sale de un proceso de hermenéutica o es decidida por el estómago de los agentes culturales o el pillo de coturno que decide que se pone o quita del espacio público.
    Justamente, la ‘performance’ para destruir los moinumentos entran en la categoría de crítica y apropiación de un espacio público, la crítica explícita es a los esencialismos nacionales, pone en tela de juicio a la nación y a la forma de estado que exige de sus miembros fidelidad absoluta. Ni el monumento ni la expresión popular tienen vida autónoma per sé, las dos se manifiestan como gólems que representan grupos en competencia. Los monumentos condensan una retórica excluyente, sobre los procesos, las personas, si estas no son producto de hermenéutica social, por tanto, se seguirán atacando o destruyendo las representaciones de esa guisa.
    A nombre de de la ética o la estética del arte se han patrocinado esperpentos en el espacio público, así como a nombre de la preservación de la memoria o el culto a las personalidades. Muy interesante la crítica al Museo de Carondelet, realizado en el tiempo del RC que quiso extender a todos los espacios el culto a su persona.
    La discusión no llega al abogamiento sobre el arte, sino a una discusión sobre la representación de los objetos, ni siquiera sobre su estética, sino sobre objetos que no son aprhensibles intersubjetivamente, no porque no sea posible la intersubjetividad, sino porque son diseñadas desde subjetividades que no quieren ser permeadas en su ethos excluyente

  2. «El carácter ofensivo de imágenes» para cierta gente que hoy quiere despertar luego de 500 años, los hace ver ridículos, por no decir estúpidos. ¿Quieren borrar la historia para sobre sus escombros escribir una nueva? A lo mejor piensen sustituirlas por las de los lambones que, ayer como hoy, estuvieron alrededor de los conquistadores españoles. Por eso fracasó la resistencia de Atahualpa, Rumiñahui, Caupolicán, etc. De no haber sido por la «ayuda» que les dieron los traidores indígenas, no habrían conquistado América. Pero hoy, como parte que somos de esta América mestiza, debemos reconocer nuestro origen, y ser orgullosos de lo que somos; y, más todavía, si sabemos que en el mundo no hay razas (dice la ciencia) y peor «puras», excepto los no contactados, (solo en los perros podemos asegurar); y sobre esta base debemos unirnos para construir un mejor país. Si no rompemos complejos de inferioridad (o superioridad), jamás saldremos del subdesarrollo.

  3. Es muy malo ofender monumentos históricos de antaño, pero me pregunto, que pasaría si se hiciera un monumento al corrupto Correa, pues todos los días amanecería pintado de diferente color, hasta que alguna noche lo derroquen a punta de combo.

  4. El discurso de X. Andrade es contundente y está sólidamente argumentado. Su reflexión, que se mueve en la franja de los grises, deconstruye las visiones extremistas de los movimientos sociales, que por concentrarse en lo banal y lo políticamente correcto no distinguen los intereses de poder que se encubren detrás de las ideologías que defienden. La apuesta de Andrade es a favor del pensamiento crítico, alejado de autoritarismos y nacionalismos, y también de la libertad de expresión. Pero, sobre todo, considero que Andrade, como Henry Lefebvre, se presenta a favor de un espacio vital que permita la expresión de la heterogeneidad,lo cual significa comprender que el espacio que experimentamos los sujetos no comprende solo la dimensión material, sino también el entramado de representaciones simbólicas que le asignan significados y valores a la convivencia humana. Artículos como éste son un contrapunto que enriquece el diálogo de los pelagatos con sus lectores.

  5. Los mitos indigenistas nacen de la retorcida narración histórica, sin investigación de los pocos
    documentos veraces que existen.
    Señalar que éstos mitos fueron utilizados en Guayaquil es un delirio semejante al mito. La ciudad se levantó y se levanta de todas sus tragedias, llámense piratas, bucaranes o covid, por la fuerza, perseverancia y firmeza de sus habitantes.

  6. Los monumentos, nombres de avenidas, calles, edificios, etc. son el testimonio histórico, el registro de la identidad de sus habitantes. Para bien o para mal, TODOS deben ser conservados. Por más contradicción que resulta de llamar libertador a alguien que tuvo esclavos a su servicio hasta el último día de vida. Su nombre repercute en nuestra memoria en mi caso para ingrato recuerdo. El atentado de octubre de 2019 al patrimonio de Quito tiene un visible responsable, la Conaie que o bien lo cometieron sus bases o bien permitieron la acción de terceros. Pienso que se debe revisar las inversiones en infraestructura (educación, salud, vivienda) y bonos de ayuda en comunidades indígenas. Talvez no estamos invirtiendo nuestros escasos recursos en los mejores ecuatorianos.

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