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En EEUU se hace política con solidaridad envenenada

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Las elecciones en los EEUU produjeron revelaciones que mucha gente no esperaba, como el hecho de que las minorías hayan votado por Trump porcentualmente más que en el 2016, cuando se suponía que él representaba una amenaza para ellas. Sobre este tema, 4P. conversó con la periodista estadounidense JoAnn Wypijewski que escribe para varios medios, entre ellos The Nation y reside en Nueva York. Wypijewski es, además, autora del libro «What We Don’t Talk About When We Talk About #MeToo …», que trata sobre cómo los pánicos sexuales han moldeado en varias etapas de la historia a la cultura y la política. También es conocida por ser una crítica de la cultura de la censura.
Sin importar los resultados, sabemos que Donald Trump es una fuerza política. ¿Qué lecciones quedan a la izquierda de Estados Unidos?
No hay una izquierda en los Estados Unidos. Hay muchas organizaciones que se llaman “alguna versión de progresismo”, pero no hay nada comparable con la derecha en términos de organización de bases, de organización política, de maquinaria propagandística. Cualquier discusión sobre el tema tiene que reconocer eso. No hay nada para comparar.
Es una ilusión pensar que “si solo hiciéramos esto diferente” podríamos cambiar algo. Esa es una debilidad histórica, y no sé si hay una respuesta para eso. Tampoco hay unidad ideológica. Unos dicen que Bernie Sanders es la respuesta, otros dicen Warren es la respuesta. Sin ser estratega, creo que hay un tema con el lenguaje. En Counterpunch hace poco leí este texto que decía: “Estoy esperando a un candidato que solo dirá esto: ” y fue tan refrescante. Es impactante cuán ausente está ese lenguaje claro en la “supuesta izquierda”.
Pero al mismo tiempo, usted ha sido muy crítica de esta obsesión del progresismo con el lenguaje, y ha hecho advertencias sobre esta ola “moralizadora” por medio del mismo. ¿Cuál es el rol del lenguaje, entonces, en la movilización política?
La manera en la que la gente habla es importante. También es importante lo que la gente escucha. No puedo ver MSNBC ni ninguna cadena a favor del partido demócrata, porque están tan lejos de la realidad. En cambio escucho a mis vecinos, uno puertoriqueño, otro negro y uno habla de Trump como “un luchador”. Escuchaban la radio y, en temporada electoral, en esta radio —lo que la gente más escucha— no hablaban de las elecciones.
Hay un lenguaje político desconectado de la realidad. La gente de Trump, los de Biden pueden decir cualquier cosa. Mientras tanto la gente trata de salvar sus casas, sus trabajos. Hay una incapacidad de debatir, el lenguaje no tiene ninguna relación con la vida real, los políticos no suenan a gente cotidiana. Ese es un problema recurrente y luego aparece un candidato que suena como un “ser humano”, no como alguien pensando en su ‘focus group’ y con frecuencia es republicano.
El lenguaje es motivo de debate dentro de la izquierda. Se habla de corrección política, de una forma de controlar lo que se dice o no. ¿Cree que eso es un problema?  
Ese término sale con frecuencia y es usado por la derecha… Pero también es el enfoque de los debates en la academia y organizaciones de izquierda sobre las formas. Está bien, pero hay demasiada energía que va a los temas de representación. Y la representación importa, obviamente, pero… En las salas de redacción, por ejemplo, tienes conversaciones sobre las palabras correctas para este u otro grupo, sobre las micro-agresiones, pero faltan las conversaciones de gente con experiencias reales fuera de la academia. En Estados Unidos tienes periodistas que se llaman progresistas que ganan más de 100 mil al año, mientras la mayoría de gente trabajadora no gana eso.
El término “corrección política” no me gusta porque es un término de derecha, pero la idea de que todos debemos alinearnos a una forma de hablar o que debemos cuidarnos todo el tiempo de no ofender a nadie… es una política retardataria, no es sofisticada.
Me van a decir que tengo el privilegio de decir eso —por ser mujer blanca— pero esta forma de manejar el lenguaje no topa los aspectos elementales de la vida de la gente. Se vuelve una forma de ser político que no cambia el poder de ninguna manera.
Hace unos meses usted publicó un libro sobre pánicos sexuales y linchamientos mediáticos. ¿Se conectan las estrategias actuales del progresismo con los pánicos morales que usted estudia?
Hay un término del antropólogo Roger Lancaster: solidaridad envenenada. La idea de que un grupo se identifica y encuentra sentido colectivo en el odio compartido hacia alguien. Ya no es una solidaridad construida alrededor de un bien común, sino que el acuerdo central es una figura o institución que todos pueden odiar y humillar, etc. Este no es solo aspecto de los pánicos sexuales, sino de la política en general.
Trump empezó la campaña tratando de movilizar a la gente en contra de los mexicanos, a los que llamó violadores y ladrones. Era una política del miedo que ha tomado varias formas en las últimas décadas. Pero, ¿cuál fue la respuesta de los medios liberales? Odiar a Trump, primero burlándose de él, luego haciendo coberturas obsesivas sobre él como una figura odiada. Trump fue mostrado como un monstruo, la peor persona en la historia y durante cuatro años vivimos esta solidaridad envenenada como una forma de hacer política. Está en las noticias, en las conversaciones del día a día. Detrás de todo eso hay mucho miedo.
Solidaridad envenenada es un concepto muy útil. He cubierto escándalos, que son sobre temas “calientes” que te llevan a no pensar por ti mismo sobre historias de las que crees tener certezas, pero de las que, en realidad, sabes muy poco. Y esa forma del escándalo se ha vuelto la norma en los medios. Algo se dice y no debes cuestionarlo. Solo debes creer.
Estamos encontrando sentido colectivo en convertir a otros en demonios. Y ese ha sido un aspecto tóxico de los últimos cuatro años. Siempre ha existido gente que humilla, pero ahora parece que hay un goce en hacerlo. Y Trump lo hace, es un maestro en eso, utiliza eso para arengar a gente que quiere algún tipo de revancha. Hay rabia. Trump parece representar una suerte de fuck you.

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