Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Una cuestión de relato

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Gobernar es construir un relato. Más bien hacer política es construir un relato lo suficientemente convincente y elocuente como para movilizar a sectores enteros de la población. Es notorio que este Gobierno ha tenido la más absoluta incapacidad de hacerlo. Hablo de construir un relato mínimamente creíble y coherente. Allí su drama, ese drama que se muestra impúdicamente en una aceptación de 6% por ciento y a la baja.

Estas cifras marcan un récord negativo a escala regional y el menor nivel de aceptación de un Gobierno en la historia reciente de la democracia ecuatoriana. Y todas las instituciones democráticas están por el suelo. ¿Por qué? Está debería la gran pregunta que deberían ayudar a responder politólogos, sociólogos, historiadores y otros científicos sociales, si es que no se estuviera tan contaminados aún por la polarización “correa-anticorrea”.

Aunque, esa mismo polarización da una pista. El relato correísta era muy poderoso. Lenín Moreno no pudo construir ningún relato coherente y creíble. Porque en realidad, nunca lo tuvo. Pudo ser el Gobierno de la democratización, de la lucha anticorrupción y la recomposición económica. Así lo prometió, pero unas palabras al viento no son un relato. Las acciones siempre se dibujaron a medias, ineficientes, falsas, como si se tratara de un auto sabotaje continuo alimentado por la estructura burocrática heredada del correísmo que nunca quisieron desmontar en serio. Para entenderlo, basta ver lo que sucedió con la Comisión de Expertos Internacionales contra la Corrupción. Lo que hizo el Gobierno fue una verdadera vergüenza para el país.

Así que el relato del morenismo siempre resultó nada creíble y poco efectivo. Miremos, sino la fábula que se montó la Vicepresidenta para su viaje a Europa. Nadie la creyó. Miremos lo que están haciendo con el concurso de frecuencias. Nadie confía (aparte de los favorecidos de siempre). ¿Se puede convencer a alguien con evidentes mentiras? Al respecto, un amigo argentino, experto en comunicación política, me hizo observar lo obvio: no se puede comunicar lo que no existe.

Así que pensar que con una aparición semanal de Lenín en una cadena de radios, se va a salvar el legado de una Presidencia en ruinas, es un acto de autoengaño. Y además todos vemos el plumero. Aunque quizás sirva para salvar las pandémicas finanzas de un grupo de medios amigos.

Hablar del valor de las palabras en tiempos de desinfomedia puede ser casi un acto de cinismo. La mismas palabras “verdad” o “mentira” están en disputa. Líderes autoritarios y mitómanos gritan con estridencia a sus adversarios: “fake news” o “mentirosos” o “prensa corrupta y mediocre”, linduras de ese estilo. Y así mismo, palabras como “patria”, “honor”, “democracia”, “paz”, “derechos”, “justicia”, “debido proceso”, “lucha contra la corrupción” … aquellas “Palabras Grandes” quedan demasiadas veces vaciadas de contenido, pérdidas en las nubes de tuits de Dircom de relacionadores públicos de políticos y funcionarios,  o de los retorcidos discursos de abogados y voceros.

La genialidad de Yuval Noah Harari no reside en señalar lo obvio: que la Historia es un relato o una sucesión de relatos. La vuelta de tuerca, es que Harari plantea que la capacidad de los Seres Humanos de levantarse sobre sus propias limitaciones y construir Historia se basa justamente en esa capacidad ilimitada de fabular y construir historias que van a ser compartidas por grandes grupos sociales y los hace querer cooperar entre sí.

Por supuesto, Harari está muy lejos de las ingenuidades postmodernas de pensar que toda la realidad es un relato y que ese relato puede ser múltiples relatos y que por lo tanto toda la realidad es relativa, una construcción cultural que debe ser desmontada (deconstruida es el terminajo que se suele utilizar).

De lo que hablamos es de la forma en que la realidad se ordena en nuestro cerebro y el cómo ese orden se puede volver colectivo. Esto lo tienen en su manual los líderes autoritarios populistas y por eso hacen todo lo posible para minar la libertad de expresión y controlar todas las formas posibles de construcción de un relato único que no admite disidencia de por medio.

Así que Rafael Correa no era un depredador de la libertad de prensa solo porque fuera un megalómano perverso (qué también) sino porque el proyecto de su Revolución autocrática de 100 años solo podía sostenerse si controlaba todas las posibilidades de que se plantearan relatos que cuestionaran las violaciones a Derechos Humanos, las vulneraciones al estado de Derecho, la manipulación de la Justicia, el acoso constante a medios y periodistas críticos, el arrinconamiento a la sociedad civil y que justificara la gigantesca corrupción en la ejecución de la obra pública. La forma de hacerlo, obviamente, era convertir cada uno de esos actos en un glorioso acto revolucionario. Aún los seguidores del correoso están convencidos que cada una de las acciones execrables de su líder y su entorno (condenados justamente por ser parte de una organización criminal) eran acciones revolucionarias necesarias para acabar con el viejo país, las estructuras corruptas dominadas por los poderes fácticos: banca, medios y los políticos de derecha.

El relato es poderoso y se complementa muy bien con el nuevo relato la persecución política como explicación para sus cuentas con la Justicia. Y así miles lo siguen creyendo, pese a todo. No comprender el poder de ese relato, puede condenarnos a repetirlo, con toda la desgracia que eso significa.

César Ricaurte es periodista y director de Fundamedios. 

2 Comments

  1. LA ADMINISTRACIÓN MORENO.
    Un relato, como plan de gobierno, para orientar sus propias acciones y lograr sus propios objetivos en cuatro años, no podía existir, porque el plan de encubrimiento estaba ya redactado en tres capítulos encuadernados en pastas rojas, que fueron entregados en la Asamblea, pero nunca se conoció sus contenido vergonzoso, ni se supo en qué nivel Lenín Moreno lo haya aplicado. Lo que si está claro es que el único interés de Lenín era ser el candidato, llegar a como de lugar, colocarse esa Banda Presidencial aguada que mandó a confeccionar Correa y quedar colgado en un retrato del salón amarillo. Lo demás, son incidentes al paso. Todo lo realizó por mano ajena. El relato de su Presidencia va saliendo a flote con sus índices de popularidad.
    Pero lo que habría sido obligatorio, es el relato histórico exacto con fechas, informes, actas y resoluciones, de los actos de gobierno de Rafael Correa, que permitiera reconstruir con técnica forense, las múltiples facetas del enorme daño causado en el manejo de la contratación pública de los sectores estratégicos, en el deterioro estructural de la economía, en el manejo petrolero viciado y su embargo con China, en el brutal endeudamiento y sus autorizaciones in-sustentables, en el despilfarro de los excedentes de la exportación petrolera, en el inorgánico crecimiento del sector fiscal, que todos conocemos, pero que resultaba fundamental, como versión oficial del Estado Ecuatoriano, especialmente para utilizarlo como base de las demandas que tienen que procesarse, a nivel de la justicia nacional e internacional.

  2. A mi me parece que el populismo es parte de la política solo que evoluciona, solo que es diferente dependiendo de la estrategia. La gente como Trump o Correa tienen la necesidad de señalar enemigos ficticios o no contra los cuales luchar. La gente más cool y moderna promete el cielo, la felicidad y la igualdad perfecta si llegan al poder. Hay otros que prometen representar a TODOS o a TODO un colectivo (que tal vez se inventaron o nadie les pidió representar) siendo esto prácticamente imposible, una mentira que la babean mediante el discurso de la unión que no es más que un mensaje pasivo-agresivo de estás con los «buenos» o con los «malos». Tal vez una combinación de algunos o de todos. Bajan el tono de voz para que nos les digan de extrema derecha o de extrema izquierda, otros lo levantan para mover más corazones. Se adaptan a las tendencias para agradar a más gente. Sin embargo, todos quieren tomar el control de las instituciones, ninguno realmente para ocuparse de los problemas que acontecen en la sociedad. Les interesa el control central y te lo venden de forma cool y encima apoyados por la gente, casi como si fuera motivo de celebración. Parece que ellos buscan ser los padres de ciudadanos adultos, los dioses de simples mortales. Pagan favores a quienes les ponen en el poder dándoles a ellos más poder. Parte de la política es ser zorro, el político necesita el populismo para que la gente le vote solo que ellos deciden que tan moderados en ciertas cosas desean ser.

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