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Trump y Correa, dos caras de la misma moneda

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El miércoles pasado el mundo entero vio con estupor cómo un grupo de manifestantes partidarios del presidente Donald Trump irrumpieron en el Capitolio de los Estados Unidos para impedir la certificación por parte de la Cámara de Representantes y del Senado de la elección de Joe Biden como nuevo presidente de los Estados Unidos. La certificación de los resultados electorales ha sido siempre una mera formalidad que consiste en que el Congreso, por medio de sus dos cámaras, cuenta los votos electorales que ya han sido emitidos por cada uno de los estados y certifica el triunfo del presidente electo.

En esta ocasión, sin embargo, la certificación de los resultados no fue una mera formalidad. La insistencia de Trump durante los últimos dos meses de que un “fraude masivo” lo había privado de ser reelecto como presidente, apoyado expresa o tácitamente por muchos congresistas y senadores republicanos, alimentó la ira de sus seguidores quienes creían que, de alguna manera, podían impedir la certificación de Joe Biden como presidente por parte del Congreso. Aun cuando el Fiscal General designado por Trump, su propio director de seguridad nacional, decenas de jueces federales y cortes de apelaciones y la Corte Suprema que cuenta con 6 jueces conservadores, 3 de ellos designados a propuesta de Trump, manifestaron en reiteradas ocasiones que no había existido un fraude que pudiera haber cambiado el resultado de las elecciones, Trump insistió en esta teoría y sus partidarios le creyeron.

El culmen llegó el día de la certificación de los resultados cuando Trump participó en una manifestación en la que dijo textualmente que “nunca concederá su derrota”; solicitó expresamente a su vicepresidente, Mike Pence, que no certificara el triunfo de Biden, alentándolo a cometer un acto inconstitucional y, finalmente, arengó a sus seguidores a que marcharan hacia el Capitolio a manifestarse y demostrar fuerza para evitar que se “roben la elección”. El resto es historia, 5 personas fallecieron en el asalto al Capitolio, incluido un policía, y las imágenes que pudimos ver daban cuenta de un grupo de fanáticos cuyo objetivo era agredir a los miembros del Congreso e impedir la certificación del nuevo presidente. Estados Unidos se convirtió por un día en una república bananera.

El guion que ha manejado Trump durante estos cuatro años es idéntico al de los líderes del socialismo del Siglo XXI, aun cuando, en los papeles, los considere sus enemigos. El ataque sistemático a la prensa, calificándola en todo momento como fake news, insultando a periodistas y cadenas televisivas, el abuso sistemático de poder, el total desprecio por las instituciones y la separación de poderes y el escarnio público a todo aquel que se atreva a disentir son los rasgos característicos de los líderes totalitarios. Trump, sin ninguna duda, forma parte de ese grupo selecto de líderes totalitarios que desprecian la democracia y la separación de poderes porque los consideran obstáculos que ponen límite a sus deseos de perennizarse en el poder.

La única diferencia entre Trump y los líderes del socialismo del Siglo XXI, incluido el ex presidente Correa, es que Trump se estrelló con la institucionalidad de un país como Estados Unidos, mientras que Correa y compañía utilizaron mecanismos turbios para colocar las instituciones públicas al servicio del gobierno de turno y así garantizarse impunidad y poder perpetuarse en el poder. A Trump lo detuvo una democracia firme y sólida como la americana, a Correa lo detuvo la traición de su ungido.

Trump y Correa son dos caras de la misma moneda. Dos líderes totalitarios cuyo único interés es satisfacer su ego y sus ansias de poder aun a costa de destrozar las instituciones y polarizar a la sociedad. Quienes admiran a Trump y critican a Correa o viceversa demuestran no tener problemas con los líderes autoritarios mientras éstos sean de la ideología que ellos profesan. El totalitarismo debe ser combatido independientemente de la ideología del líder, ojalá lo entendamos para las elecciones que se avecinan.

Ricardo Flores es abogado. 

12 Comments

  1. Los Correistas son una plaga, no podemos permitir que ellos ganen las elecciones en el Ecuador, si no nos van a seguir faltando el respeto, panas!!

  2. Si de Correa no se puede esperar nada bueno, menos de su llaverito Arauz. De verdad que estos mudos no pueden ganar las elecciones, panas. Urge que todos exijamos respeto para el Ecuador con nuestros votos.

  3. Creo que no se ha hecho una mejor comparación de Correa y Trump en toda la historia del Ecuador. Son dos fraudulentos que vienen del mismo corral, no hay transparencia en lo que dicen y solo promueven alborotos sociales que no llevan a ningún lado, no queremos a un Trump disfrazado en nuestro país.

  4. Suscribo completamente el texto del artículo. Para complementar la reflexión sobre el autoritarismo, recomiendo a quien desee leer el libro «The Authoritarian Personality» de Theodor Adorno, que desde el punto de vista psicológico hace referencia exactamente al repudio a la diversidad de pensamiento, y el repudio a la crítica a la estrecha visión del líder poseedor de la verdad absoluta. Muy buen artículo que levantará ampollas en quienes solo repiten slogans.

  5. Queda comprobado que el totalitarismo puede venir de cualquier tendencia. Características comunes: Intención de mantener el poder. Irrespeto y agresión a la prensa y a la oposición. Reducción y eventual eliminación de movimientos y agrupaciones políticas.
    ¿La solución? Instituciones fuertes.

  6. Siguiendo con las coincidencias, líderes carismáticos y megalómanos, enorme aparato de propaganda, discurso polarizador, exacerbación del nacionalismo y la soberanía.
    Añádase una masa de marginados fácilmente manipulables y el coctel está servido. Ahora se han ido, pero volverán porque la realidad no cambia de un día para otro.

  7. El tema es que la democracia, tal cual está concebida, viabiliza la participación de estos engendros que además, logran arrastrar a un montón de ciudadanos mentecatos que son quienes finalmente les dan poder. No es solo el «líder» sino también sus seguidores.

  8. El autor tiene una concepción muy simple del mundo. Cree que unos pocos individuos tienen poderes mágicos para arrastrar a las sociedades a su antojo, y eso lo explica todo. No hay contexto histórico; no hay procesos sociales; no hay otras fuerzas políticas, económicas, culturales. Todo se reduce al carácter y a las acciones de unos líderes que llegaron -sin
    explicación- al poder.

    No explica el paralelismo más importante entre Trump y Correa: la gente votó por ellos. ¡Oh sorpresa! ¿Por qué sería?

    Correa (ni remotamente el santo de mi devoción) llegó al poder aprovechando el desprestigio de la partidocracia. Derrotó a Álvaro Noboa, un individuo sin ningún talento. Correa no presentó candidatos al Congreso; de hecho, propuso desmantelar el Congreso… y lo hizo, ante la mirada impávida de la ciudadanía y de los medios de comunicación. Ese fue el primer paso de un sofisticado plan para cambiar la Constitución y las leyes, aplastar a la oposición, controlar la comunicación, robar descaradamente, y perennizarse en el poder. Si no hubiera robado como robó, hoy ganaría las elecciones de manera abrumadora.

    Trump (tampoco santo de mi devoción) tuvo la habilidad de entender a un grupo significativo de la población que arrastraba un resentimiento profundo con las élites económicas y culturales de Estados Unidos. Tuvo la suerte de enfrentarse a Hillary Clinton, una persona detestable y sin ningùn talento, la crema y nata de la partidocracia americana. Trump ganó limpiamente las elecciones, pero no estaba preparado para gobernar; no tenía «cuadros», ni un plan de gobierno, objetivos, ni estrategia. Su gobierno se caracterizó por la improvisación y el caos. Pese a ello, en noviembre de 2020 obtuvo el 48% del voto popular. ¿Por qué sería?

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