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La república que calló a Donald Trump

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La sorpresa que no sorprende: así podría describirse la crisis política de los Estados Unidos. El todavía-presidente Donald Trump ha seguido un guion que algunos de sus ex-allegados y muchos de sus opositores vaticinaron meses antes de las elecciones del 2 de noviembre. Predijeron que negaría los resultados de las elecciones si perdía, que haría llamados (medio)disimulados a la protesta violenta y que podría dividir al partido Republicano. Ahora, tras el asalto por parte extremistas de derecha y simpatizantes de teorías de la conspiración —incluído un auto-proclamado “Shaman QAnon”— al Capitolio del 6 de enero, el presidente de los Estados Unidos está siendo juzgado por el Congreso de su país por incitación a la insurrección. También se le ha negado el acceso a sus cuentas personales de Facebook, Twitter e Instagram. Es más evidente que nunca que la condena a Trump no es una contienda ni política ni cultural entre liberales y conservadores. Tampoco es un tema de libertad de expresión. Mucho más está en juego: se trata de una disputa entre el estado de derecho y la autocracia estridente y caprichosa que representa Trump. Y sirve de ejemplo para el mundo. 

Los estadounidenses están siendo testigos de lo que generan los aprendices de caudillo. El perímetro de la Casa Blanca y el Capitolio ahora está rodeado de vallas y el despliegue de la Guardia Nacional. Washington se blindó para el juicio político del Congreso contra Trump y para la toma de posesión del presidente electo Joe Biden el próximo miércoles 20 de enero, como si se tratara de una guerra, con militares cercando puntos estratégicos y con restricciones a la circulación. Uniformados de verde, los militares duermen, comen y esperan entre los monumentales edificios de gobierno estadounidense. Para ese país es inaudito. 

Arrinconado por los resultados electorales, Trump ha jugado con la institucionalidad de su país de maneras cada vez más descaradas. Han sido un berrinche tras otro, aunque con consecuencias legales: Trump primero se negó a reconocer el triunfo del demócrata Joe Biden en las elecciones presidenciales e hizo varias menciones de supuesto fraude. “Yo soy el ganador de estas elecciones!!!”, escribió algunas veces en su cuenta en Twitter (con los “!!!!” incluidos). Luego, en una grabación del ‘The Washington Post’, se le escuchó presionando a Brad Raffensperger, secretario del Estado de Georgia, para que “encontrara” votos suficientes para ganar el estado. “Solo quiero encontrar 11.780 votos […] porque hemos ganado ese Estado”, decía Trump insistente, intenso, mientras Raffensperger, cordial, explicaba que los datos que usaba Trump eran falsos. Finalmente ocurrió el asalto al Capitolio, por el que ahora se le acusa de incitación a la insurrección. Al perder las elecciones, Trump perdió la calma: ahora, sus berrinches han logrado desestabilizar a su partido, por un lado, y a una de las democracias más sólidas de Occidente por otro. 

Trump es el primer presidente de los Estados Unidos sometido a dos juicios políticos. En 2019 fue acusado de abuso de poder y obstrucción al Congreso, pero en ese entonces recibió el apoyo incondicional de todos en su partido, con la excepción del senador Mitt Romney, quien explicó sus razones con lágrimas en los ojos. El juicio ahora refleja el trauma que causaron las revueltas del 6 de enero. Los republicanos ya no están tan unidos: en la primera fase del juicio, la Cámara de Representantes aprobó la norma procedimental que determinaba los términos del impeachment. “Trump es un peligro claro contra nuestra democracia”, exclamó Nancy Pelosi al abrir el debate. Los 222 representantes del partido demócrata votaron a favor del impeachment, pero esta vez con el apoyo de 10 representantes republicanos. “Con dolor en el corazón debo votar a favor del impeachment” dijo Dan Newhouse. “Porque el presidente no hizo nada para detener la amenazas doméstica de la semana pasada.” Liz Cheney, hija de Dick Cheney, ex vicepresidente de George W. Bush y otra figura del conservadurismo estadounidense, dijo que Trump “llamó a la turba, juntó a la turba y prendió la llama del ataque. Todo lo que pasó luego fue por él”. 

El proceso del impeachment, más que destituir a Trump, lo inhabilitaría para volver a ser candidato en 2024. Tiene dos partes: en la primera la Cámara aprueba los artículos del juicio y en la segunda se lleva a cabo el juicio en el Senado, que se divide 50/50 entre demócratas y republicanos (ahora con la ventaja del voto de la vicepresidenta demócrata Kamala Harris). Ahora el juicio podría adelantar el fin del receso del Senado, programado hasta el 19 de enero. Tomará días, pero Mitch McConnel, el líder de la mayoría republicana, desde el ataque al Capitolio ha mostrado señales de estar harto de Trump. Describió los ataques del 6 de enero como “criminales”. 

El proceso en la Cámara de Representantes ya dejó un precedente: el partido conservador se encuentra en una encrucijada entre la lealtad a su presidente o a los valores republicanos (valga la redundancia). La evidencia contra Trump es sólida: días antes de la insurrección, llamó a sus simpatizantes a manifestarse en Washington en contra de la confirmación del presidente electo Joe Biden y rehusó, por demasiado tiempo durante y después, a condenar la violencia que generaron. Ayer —con el agua en el cuello, pero con la voz solemne — hizo un llamado a la paz y a la reconciliación e intentó repudiar el vandalismo y la violencia de sus seguidores. “Ningún verdadero simpatizante mío podría faltarle el respeto a las fuerzas del orden”, dijo sin los abruptos que lo caracterizan. Después cerró quejándose tácitamente del cierre de sus cuentas. Las llamó un ataque a la libertad de expresión. “Es hora de escucharnos, no de silenciarnos”, afirmó sin inmutarse y sin soltar la mirada tensa del teleprompter. 

Ya es tarde para él. Trump es un autócrata en potencia. Aunque lo intentó, no logró desestabilizar las instituciones democráticas de su país lo suficiente como para permanecer inmune en el poder. Está ganando, por el momento, la institucionalidad. El cierre de sus cuentas de redes sociales es señal de eso. Trump violó los términos y condiciones de estas empresas privadas al incitar a la insurrección y causó la muerte de cinco personas. No existe en este caso un debate sobre “libertad de expresión”: Trump está siendo juzgado por un delito tipificado en la Constitución de ese país, no por expresar su opinión. 

Todo apunta a que, a pesar de sus timoratas aclaraciones, el Congreso logrará impedir que Trump vuelva a candidatizarse. Ya no tiene el apoyo incondicional de su partido. De hecho, el juicio del impeachment luce como la manzana de la discordia que podría fragmentar para siempre a los conservadores de ese país. Los berrinches esta vez no funcionaron. Pase lo que pase, en Estados Unidos la institucionalidad democrática parece estar a un paso de apagar los delirios del primer intento de caudillo estadounidense.

Foto: Agencia Europa Press

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