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Venezuela no vacuna contra la dictadura

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Correísmo y anticorreísmo, castrismo y anticastrismo, chavista o antichavista: los términos de esos debates lucen etéreos para el ciudadano de a pie y se afincan, en el peor de los casos, en convicciones que podrían vincularse con creencias. Un debate así tuvo lugar entre comunismo y anticomunismo.

Aquello que no es etéreo son los índices de desarrollo y los resultados que producen los sistemas ideológicos. Y más allá de las estadísticas, de las cifras que, en aras del debate cualquiera puede argüir que son manipuladas o maquilladas, están las personas. Pues bien: hay un fenómeno social, un drama social que se ha producido, que no hace parte de ni de las creencias ni de las estadísticas y que está en Ecuador. Está está en su calles, en cada esquina: la migración venezolana.

Se puede no hablar de Hugo Chávez. Ni de Nicolás Maduro. Pero cuando se habla de Venezuela hay una cifra que desafía convicciones y creencias: hay alrededor de 5,5 millones de personas que han abandonado ese país en los últimos años. La ONU en sus estimaciones consideró incluso que esa cifra llegaría a 6,5 millones en diciembre pasado. De nuevo, esa cifra puede ser incomprensible para los ciudadanos ecuatorianos. Pero hay alrededor de 500 mil que están en Ecuador. Y hay videos y fotografías de todos aquellos que pugnan por entrar o salir porque van para Perú, Brasil o Chile.

Esos seres humanos, que lavan carros, venden cualquier cosa en las esquinas o incluso piden limosna son el resultado de un sistema ideológico que puso a prueba su nivel de resistencia hasta expulsarlos. Hay que imaginar esos millones de personas. Tenían una vida en su país. Un hogar. Una familia. Red de amigos. Tenían una casa, un apartamento, una casucha en construcción. Algo. Tenían un trabajo. Estudiaban. Iban por sus hijos al colegio o los llevaban a jugar con sus amigos. Tenían una cotidianidad. Un entorno. Un barrio. Un supermercado donde se abastecían. O una tienda. Tenían un paisaje habitual. Una ciudad en la que se movían. Horarios y costumbres. Tenían sus cosas. Sus camas. Su ropa. Una tele. Un equipo de sonido. Un computador. Sus muebles. Sus trastos de cocina. Alguna vajilla dominguera. Quizá libros. Cuadros o afiches en los muros. Álbumes de fotografías. Colecciones de conchas de playas visitadas…

La vida son esas cosas. Esos detalles. Esas costumbres. Esos recuerdos. Hay que imaginar a esos millones de personas dispuestos a desprenderse de todo. A abandonarlo todo. A coger un par de maletas, a los hijos y lanzarse a caminar hacia Colombia, hacia Ecuador, hacia Perú, hacia Chile… Despegarse, irse, dejar de pelear, renunciar a resistir. ¿Cuántas cosas habrán vivido, aceptado, soportado, tolerado antes de tomar esa decisión brutal e inhumana de arrancarse de todo y de echarse a andar en busca de otra oportunidad? ¿Alguien puede imaginar la capacidad de daño que puede hacer un sistema como el de Maduro para producir un efecto similar en millones de personas? ¿Alguien puede imaginar lo que significa oír a Maduro decirles desde el palacio de gobierno que se fueron porque alguien, en alguna parte, los engañó haciéndoles creer que iban a estar mejor que en su país? ¿Quién puede creer que “estar bien” no es precisamente defender aquellas cosas, aquellos detalles, aquella cotidianidad a la que un gobierno los obligó a renunciar?

Esos dramas -casi seis millones o 500 000 en Ecuador- son la prueba fehaciente de que un mal gobierno -de derecha, de izquierda, teocrático o monárquico, del sello que se quiera, pero un mal gobierno- puede acabar con la vida sencilla y cotidiana de sus ciudadanos. Y aquello que golpea y deja sin voz es que esas víctimas de la mala política no vacunan a nadie. O a muy pocos. Porque esas personas, que quizá fueron chavistas, no son piezas políticas: son personas. Personas a las que un gobierno desalmado mutiló su vida.

Algo deberían significar para la sociedad ecuatoriana esas 500 000 personas. Esas 500 000 vidas. No parece. Su drama pavoroso lo solapa un discurso, una proclama de los defensores de Maduro. A ellos, que mutilan vidas, les importa el poder, no la vida de las personas. La única que tienen.

Foto: El Universo.

7 Comments

  1. Migrar a otro país y buscar un futuro mejor o realizar un sueño, es un derecho individual que jamás debe depender de políticas dictatoriales o de caudillos egolatrados. Pero que se puede esperar de estos izquierdosos asquerosos, que destruyen naciones sin que nadie les pida rendir cuentas.

  2. Resulta incomprensible que a pesar de todo lo mal hecho por el correismo, el chavismo, el castrismo, el orteguismo, y el kishnerismo; un 30% en las encuestas le apuestan a Arauz. Ignorancia? Estupidez? Quechuchismo? Triste realidad. Tengo la esperanza de que el sentido común prevalezca.

  3. Ahora resulta que todo lo malo que pasa en ecuador es culpa de los extranjeros??, O acaso el ecuatoriano no emigra hacia España o Estados Unidos??, En ecuador todo es cuesta arriba para el emigrante común, todo es un trámite burocrático aparte de xenofobia por creer que el extranjero es mejor, a la verdad tienen un mal concepto de lo inmigración, vean el ejemplo de Estados Unidos más de la mitad de su población son inmigrantes.

  4. «Si el gavilán se comiera como se come al ganao, yo ya me hubiese comido al gavilán colorao»; ni al gavilán peor al mastodonte. Es increíble ver cómo un solo individuo, un energúmeno, pueda someter a millones de seres humanos y reducirlos a la humillación más perversa; a un tratamiento infrahumano. Y su sadismo parece no tener fin; los venezolanos están condenados en vida. Y sin embargo, para muchos de nuestros compatriotas, el drama de unos 500 mil venezolanos que cruzan por nuestras calles, no les conmueve ni les convence, respaldan al chavismo y hasta lo quieren importar. ¿Será que añoran los tiempos del fogón de leña?; puede ser: más romántico. La mente humana es indescifrable.

  5. En el epicentro de los problemas migratorios del Ecuador está el concepto de «ciudadanía universal» impuesto por Correa en el mamotreto de Montecristi. En esencia, la «ciudadanía universal» dice que, en el Ecuador, los extranjeros tienen MÁS derechos que los ecuatorianos: pueden entrar al país sin permiso; dedicarse a la actividad (licita o ilícita) que deseen; ocupar cargos públicos; exigir que el Estado Ecuatoriano les otorgue beneficios
    como salud, educación, alimentación, vivienda, empleo, protección legal (que ni los mismos ecuatorianos tenemos); y demandar al Estado Ecuatoriano si no cumple estos preceptos.

    Así, muchos años antes de que llegaran los caminantes venezolanos, el Ecuador recibió a decenas de miles de cubanos, haitianos, nigerianos, chinos… y venezolanos… que llegaban … en avión. Los hospitales estaban llenos de médicos cubanos; las universidades públicas tenían montones de profesores cubanos, venezolanos, españoles; los ministerios
    estaban llenos de consultores de todo el mundo. El Ministerio de Relaciones Exteriores «y movilidad humana» del Ecuador fue ocupado por un uruguayo, y luego por un francés. Por supuesto, todos ellos cobraban sueldo pagado por el Estado Ecuatoriano, en detrimento de profesionales locales.

    El gobierno de Correa pagaba sueldazos a los extranjeros que vengan al Ecuador y difundan al mundo las maravillas de la revolución ciudadana.

    Correa también tenía en el rol de pagos a miles de venezolanos y cubanos enviados por Hugo Chávez y los Castro para conformar los comités de defensa de la revolución, a imagen de Cuba y Venezuela.

    Y, también en coordinación con Chávez, Correa permitió el libre ingreso de narcotraficante, contrabandistas de combustibles, traficantes de armas, falsificadores, estafadores, y traficantes de personas. Durante el gobierno de Correa, el Ecuador se convirtió en un punto focal del crimen organizado internacional.

    La situación cambió en 2017, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. El gobierno de Trump aplicó sanciones más duras al régimen de Maduro, lo cual agravó drásticamente la situación económica dentro de Venezuela, y desató la emigración masiva de venezolanos, a pie.

    Esto coincidió con el inicio del gobierno de Lenín Moreno. Lento y rodeado de correístas, Moreno no entendía lo que pasaba. Cientos de miles de venezolanos entraban por la frontera norte; muchos continuaban viaje hacia la frontera con Perú. Pero otros se quedaban en el Ecuador, a competir con los ecuatorianos más pobres por un empleo precario, a disputarse espacios en las esquinas, a engrosar las filas de desempleados, mendigos, y delincuentes; o a sumarse a las mafias. Cualquier persona que haya estado
    en Tulcán o en Huaquillas sabe que existen grandes redes que movilizan a los migrantes de un lugar a otro.

    Perú cerró la frontera a los migrantes venezolanos en 2018. Moreno pasó varios meses divagando, y solo tomó la decisión de limitar la entrada al Ecuador cuando la opinión pública explotó de indignación por varios crímenes cometidos por venezolanos, ante la impavidez de la fuerza pública.

    La «ciudadanía universal» y sus nefastas consecuencias ocupan un lugar muy destacado en la herencia de Correa.

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