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La disputa electoral: peligroso juego de suma cero

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Este conocido caso extraído de la teoría de juegos no cooperativos ilustra lo que sucede cuando las partes de una negociación no trabajan juntos por un resultado conveniente para todas las partes. Esto describe una situación en la que la ganancia o pérdida de un participante se equilibra con exactitud con las pérdidas o ganancias de los otros participantes. Es decir, es el caso cuando las partes de una negociación o conflicto, por evitar realizar pequeñas concesiones terminan perdiendo por igual partida.

La exposición de la política ecuatoriana al juego de suma cero no es reciente. Se ha visto durante décadas que los partidos y actores políticos se han resistido de forma sistemática a dialogar y sentarse en una mesa, pues bien conocen que en toda mesa de negociación se han de hacer concesiones. Instaurada esta lógica, ha reinado en el país durante décadas la pedagogía de la confrontación y la imposición. Dejando a las pobres elecciones de cada cuatro años, el rol de árbitro absoluto que define al ganador en un país que ha demostrado no ser capaz de generar genuinos espacios de madurez política con alianzas de peso.

Durante años se ha evitado ceder o conceder al rival algo de razón es sus reclamos, en sus propuestas, así como en sus protestas. La máxima “conmigo o contra mí” parece reinar más que nunca en el ámbito político, descartando de inmediato cualquier tesis ajena.

La pesada herencia que dejaron muchos respetados líderes políticos entre los que se cuenta a Oswaldo Hurtado, León Febres-Cordero y Rodrigo Borja es solo una muestra. Jamás se les pudo ver en una mesa dialogando, dando un ejemplo a la nación. Sus antagonismos tiñeron la vuelta a la democracia. Todo esto a pesar de la cercanía ideológica entre democracia cristiana y social democracia.

El momento más alto sin duda ocurrió en 1995 con Sixto Duran Ballén quien, durante la guerra, pudo reunir al país y dar una muestra de unidad, ante el enemigo externo. Lo que tristemente confirmó que siempre necesitamos de un enemigo externo para unirnos.

¿Por qué no podemos unirnos para salir adelante? ¿Qué más tragedias necesitamos? ¿Por qué no podemos dialogar entre distintos con un mismo objetivo? ¿Por qué hemos dejado que el sectarismo nos devore cual bestia que emerge de las profundidades de los abismos mentales?

Este reflexión emerge hoy más que nunca en las redes sociales, en las columnas de opinión y en toda conversación en la calle. La respuesta no es política, es psicológica y bastante simple: hemos comprado sin inventario los odios y los sectarismos de los llamados líderes y nos reconocemos por exclusión. Soy lo que el otro no es.

Reproducimos esto en todo momento social sin cuestionamientos. Sectarismos transversales, desde la izquierda hacia la derecha y de vuelta. Con exponentes caricaturescos, incluso de la llamada Academia, que emiten comentarios incendiarios a la menor oportunidad, especialmente cuando el país más necesita unirse para salir de la crisis y dar una paso hacia el futuro si hemos de construir uno. Académicos como Santiago Gangotena o Alberto Acosta E. son solo ejemplos de una sociedad que ha hecho del sectarismo el mejor negocio político. Y  que alimenta a sus hambrientas huestes con incansables diatribas. Hemos comprado sus odios, los reproducirmos y no sabemos ni por qué!

Tal vez porque comprobamos desde las elecciones 2006, que ganó Rafael Correa, que esos odios dan muchos votos. Que las propuestas de unión y concertación son aburridas, un tanto elevadas y no alimentan ninguna pasión para echar mano en una elección. Por eso, el que más sectarismo y odio logre plasmar en una campaña, más votos ganará y, condenados al populismo, ignoramos que el país es tan solo un barca sorteando tempestades una tras otra, y que si se hunde nos hundimos todos.

Si los candidatos hoy no son capaces de sentarse, sea en el Consejo Nacional Electoral o en cualquier otro espacio y reconocer sus intereses comunes, nuestros intereses comunes, saldremos siempre con las manos vacías. Como en el juego de suma cero: de las ganancias de los candidatos se restan las pérdidas totales del país y el resultado es cero.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria.

2 Comments

  1. Respuesta: porque somos seres principalmente emocionales y no racionales. Al menos en política lo que manda son las emociones, las pasiones y los instintos. Hacer las cosas «bien» requiere pensamiento, análisis y un gran autocontrol para sujetar nuestras actuaciones a las leyes y los principios del bien común. Si sirve de «consuelo», esto pasa en todo lado pero con diferencias de grado. Desde luego, hay que esforzarse por ser mejores pero esperar a que la mayoría se una, me temo que ni las tragedias venideras lo lograrán. Vivimos y viviremos las consecuencias de nuestra forma de ser. Ya Stephen Hawking lo dijo: «si no cambiamos, la raza humana se extinguirá en no más de 1000 años».

  2. Así es. Nuestra clase política y sus sectarismos nos infectaron. La arrogancia de dos candidatos deja a un 70% de la población desorientada sin saber que rumbo tomar o por quien votar. Seguramente muchos ya estarán decidiendo que van a hacer con su voto el 11 de abril venidero. Aún nos queda un intento..

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