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¿Qué sistema necesita el Ecuador?

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En estos momentos que vive el país, se hace aún más necesario superar la simple reducción del debate político entre democracia y autoritarismo o entre capitalismo y socialismo para profundizar sobre qué sistema realmente necesita el país. Estas dicotomías, si bien tienen un propósito didáctico, han derivado en equívocos cuya repetición constante ha convertido en cliché una de las discusiones más serias de la economía política.

La estigmatización que ha sufrido el capitalismo como sistema económico “injusto”, tiende a confundir e ignorar, inclusive que es capitalismo precisamente lo que aplican algunos sistemas totalitarios comunistas. Por otro lado, se pone en un mismo saco al llamado “capitalismo salvaje”, es decir a un sistema enfocado solo en la maximización de beneficios económicos, con el “capitalismo social”, una nueva forma de capitalismo que surge para maximizar los beneficios sociales y ambientales del propio sistema.

También se repite sin procesar una y otra vez, que el socialismo es el sistema que utilizan los países nórdicos y que ese es el modelo a seguir para alcanzar su nivel de desarrollo. Ese discurso se usa para promover todos los socialismos, inclusive uno tan depredador como el Socialismo del Siglo 21 que solo ha traído una tremenda pobreza en la región. Pero ni los países nórdicos son socialistas ni su bienestar y desarrollo se ha logrado con una intromisión absurda del Estado en la vida privada.

Por el contrario, los países nórdicos tienen un sistema con altísima libertad económica y respeto a la propiedad privada. Sus niveles de burocracia y tamaño del Estado son sensiblemente menores a los que tenemos acá, y los sistemas que garantizan la propiedad privada en esos países están muy por encima de nuestros estándares.

¿Qué hay entonces en esos países para que los vendan como socialistas?  Pues existe ahí políticas claras para lograr una amplia cobertura social y un sistema recaudatorio eficiente. Es un Estado que funciona transparentemente garantizando las necesidades de la población. Es decir, no hay corrupción y todos pagan sus impuestos, ya que pagar impuestos justos no es patrimonio ni de izquierda ni de derecha, es simplemente un deber que tiene todo ciudadano y cobrarlos es obligación de todo Estado si quiere existir y funcionar bien.

Así, curiosamente, los países nórdicos aparecen entre los primeros puestos de innovación y libertad económica en el mundo, sin la cual las economías no crecen ni se desarrollan. Y tampoco pueden establecer sistemas recaudatorios ni coberturas sociales. Es decir, sus sistemas han combinado el sistema capitalista para la creación de riqueza, con altos niveles de ahorro y con una cobertura social que redistribuye el ingreso.

La alternativa que presenta este capitalismo llamado hoy capitalismo social es exigente, ya que corrige las distorsiones del capitalismo puro, y se convierte así en la “tercera vía”, colocándose entre el capitalismo puro o “salvaje” y el socialismo.

El capitalismo social enfocado además hoy en los problemas ambientales de la humanidad, está cambiando la forma en que se conduce el sistema financiero internacional. Midiendo y calificando los riesgos sociales y ambientales, incluyendo los climáticos, por encima de los puramente financieros o de negocio, y enfocando los esfuerzos de las grandes corporaciones globales en mejorar su trabajo por lograr sociedades más justas. Migrando así su preocupación previa, enfocada solo en sus socios y accionistas, hacia una visión que incluya a todos los actores de una sociedad, donde se encuentran sus poderosos consumidores.

Los países del primer mundo están migrando al capitalismo social y aquí se siguen repitiendo consignas de los años sesenta, para justificar el retorno de sistemas autoritarios que privan de la libertad económica y la libertad de expresión.

Este es el sistema que el país necesita. Uno que incentive la inversión privada para lograr crecimiento económico y generar empleo, que tenga la cobertura social y protección ambiental requerida. Pero uno donde no haya ni sombra de corrupción.

María Amparo Albán es abogada y catedrática  universitaria.  

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