Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Ya nunca seremos los mismos

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Se cumple estos días un año desde que el confinamiento mandatorio cambiara la vida a todos los habitantes del planeta. Más allá del dolor por las pérdidas humanas, por la angustia debido al cierre de los negocios y escuelas, por la incertidumbre experimentada, puede sentirse a la endeble humanidad desplegar sus maltrechas alas y sacudirlas como queriendo alzar un nuevo vuelo.

Ha sido un año duro para todos, más para los más pobres, sin duda alguna. Pero el común compartido ha sido suficiente para sentarse en una misma mesa. En la mesa de la vulnerabilidad y de las carencias que todos han experimentado. Ha permitido a la sociedad mirarse en el espejo de la pequeñez, como preguntando: ¿Y ahora qué? ¿Qué sigue de aquí?

La certidumbre con que la ciencia médica dotó al siglo veinte ha terminado. Esos seres casi todopoderosos que entregó Fleming a la humanidad con el descubrimiento de la penicilina y que siguió con el desarrollo de los antibióticos, quedó en el pasado. El mapeo del genoma humano, el avance de la inmunología, el cultivo de tejidos y demás adelantos médicos han quedado en el almanaque este año. Se regresó al principio. Se redescubrió el riesgo y la amenaza. Y desde esa profunda vulnerabilidad humana, tan antigua como la cultura más arcaica, se enfrenta la sociedad del siglo 21 al futuro. Con varias lecciones a cuestas, pero sobretodo, con la esperanza que esta vez si alcance. Que al fin se logre hacer de la raza humana una mejor especie para este planeta.

Se ha visto resiliencia y capacidad de adaptación a un escenario complejo. Lo que cuestiona la esencia de lo que llamábamos sociedad moderna. Una sociedad otrora frivolizada por el consumo y el confort. Se ha vuelto a mirar a los mayores, a los ancianos padres como el grupo vulnerable que hay proteger siempre y que la vorágine abrumadora de la vida urbana hizo perder de vista. Quedó claro que hay que protegerlos porque ellos vienen primero.

El trabajo en casa, antes cuestionado por la supuesta baja concentración o productividad, resultó interesante como alternativa para varias profesiones y oficios demostrando lo contrario. Además ha permitido a muchos padres y madres estar cerca de sus hijos, más que en ningún otro tiempo. Ha animado a muchos otros a iniciar negocios que nunca se hubieran atrevido.  No solo debido a la necesidad, sino también al cambio de reglas de juego que obligó a todos a pensar distinto.

Si alguien tenía dudas sobre la tecnología, quedó ya claro. Ésta vino para quedarse en nuestras vidas y para darnos una visión de virtualidad cotidiana. Esa ubicuidad que solo la ficción podía proponer en el pasado y con la que hoy convivimos. Somos y no somos, estamos y no estamos. Nos reunimos a distancia y estamos aprendiendo a decodificar esa nueva cercanía no física.

Consumimos tecnología y vivimos tecnología. Hoy ya es el sexto sentido de cada ser humano que la usa. Se ha incorporado a todos sistema de pensamiento con una gran capacidad para cambiar hábitos en poco tiempo.

Durante doce meses, los seres humanos regresamos a lo esencial. A organizar la alacena con lo básico, a usar ropa cómoda, a levantar la cabeza y preocuparnos por los demás. Sea por interés o conveniencia, estamos pendientes pues todos nos necesitamos sanos. A preocuparnos del futuro. Del único futuro que importa ahora. Pues si una parte esta enferma, todos lo estaremos.

Solo queda pendiente averiguar dónde quedó el calor humano. Ese que muchos escondían en los abrazos y los besos a propios y extraños. A ver si cuando la distancia mengüe, se vuelve a abrazar sin miedo. A abrazar a los padres, a los hermanos y a los amigos. A juntarse un poco más en la fila, en la sala y sonreír sin máscara o mascarilla para que se vea el rostro.

Ese rostro que se esconde en las diferencias que se ha creado en un mundo a ratos artificial y que, por instantes, esta pandemia las diluyó. Para juntarnos en un mismo destino como seres vulnerables, extraños y carentes. No parece posible volver hacia atrás. Somos más iguales que antes y ya nunca seremos los mismos.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria. 

1 Comment

  1. Estupendo articulo. Una perspectiva acertada de la realidad que nos trajo la pandemia. Es mi anhelo que salgamos de esta prueba mas humanos, mas solidarios y humildes. Tambien, que la vacuna nos saque pronto de esta «nueva normalidad»

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