Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Sin disciplina no saldremos de la crisis

en Columnistas/Influencers4P/Info por

Ya Aristóteles se encargó de definir a la disciplina como la obediencia a las reglas de la sociedad por el bien de todos. Y no es menos cierto que en la historia todas las civilizaciones, en su proceso de construcción, lograron sus objetivos basadas en la disciplina y la constancia.

Cualquier meta en la vida por minúscula que este sea, lleva consigo una impronta de trabajo disciplinado. Quienes han conseguido grandes logros reconocen que las personas exitosas entienden que solo con disciplina se encaminan al éxito. Muchos se han referido a ello. Maxwell Gladwell entre los más contemporáneos, lo describe en su libro “Fuera de Serie (Outliers)”. En las personas la disciplina genera hábitos; es decir, una tarea repetida sin necesidad de forzarse a hacerlo hasta lograr su excelencia.

Así la disciplina resulta en un proceso de entrenamiento personal, en la obediencia a las reglas y en el autocontrol. El comportamiento controlado lleva entonces a un resultado social y ético óptimo para el desarrollo. Lo mismo que ocurre en el ámbito personal ocurre en el social. Queda claro que sin disciplina no se logra ningún objetivo de relevancia en la vida. Menos aún una sociedad se enfrenta a retos transcendentales de progreso y unidad para salir de una crisis tan profunda.

Pero, ¿cómo se adquiere esa condición como sociedad? ¿Cómo construir un escenario de ajuste social en el que se permita avanzar hacia objetivos concretos como nación? La historia de la recuperación de Europa y Japón tras la segunda guerra mundial están llenas de enseñanzas en esa dirección. Sin embargo, las sociedades latinoamericanas han, durante años, justificado el desapego a las reglas de cualquier tipo, al punto que un acto de disciplina, como permitir a un gobierno terminar su gestión, por desastrosa que sea, cruzar por los pasos cebras o esperar los turnos son vistos a veces como procesos excepcionales y meritorios.

Se justifica esa falta de apego a las reglas en un tropicalismo bastante arcaico, en las costumbres, en la necesidad de cambio constante, en la impopularidad de una medida y en un sinnúmero de excusas siempre a la mano. Todo esto con el afán de evitar la gran autocrítica: que se ha construido una sociedad donde el que corrige o delata una conducta dañina se le castiga, pero al vivo desobediente se le premia.

Así, se ha caminado a la autocomplacencia de pensar que el desarrollo de un país es un golpe de suerte por tener buenos gobiernos u otras condiciones fantásticas, lo que a menudo brinda consuelo ante el fracaso explicando el avance de países como Chile, por ejemplo. Pero nada de eso es así. Tanto quienes triunfan en lo personal, como las naciones que avanzan tienen tras de sí una estela de orden y disciplina hacia los objetivos planteados.

La disciplina no es una virtud social que se alcanza con base en imposiciones, ni se debe pensar que es la graciosa herencia de un gobierno autocrático o dictatorial. Es un síntoma de profunda madurez que reside en la decisión mayoritaria de cada ciudadano de ejercer el autocontrol y el sometimiento a las normas como base de su comportamiento social. Esto se ha visto en ejemplos concretos, en instituciones como las fuerzas Armadas o la Iglesia. No son extrañas a nuestro medio.

Entonces ¿se debe resignar la capacidad de deliberar? ¿La capacidad de dar opinión y crítica?  No, pues la disciplina no anula la libertad individual, solo la enmarca a ser ejercida dentro del respeto al otro y a las normas establecidas.

Se ha visto en la pandemia, un retrato desafortunado de la indisciplina que reina en la sociedad. Tanto por parte de aquellos que saltaron la fila para vacunarse como por parte de quienes insisten en las fiestas clandestinas. Un sistema egoísta de pensamiento que no ha logrado comprender  que nada se alcanzará sin el sometimiento a las reglas. Que aún no entiende que sin respeto por las normas no se alcanzará nada. Solo el caos y la condena al vivir en el subdesarrollo, pues sin disciplina no saldremos de la crisis.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria.

3 Comments

  1. Definitivamente, la disciplina es una virtud que todo ser humano debe tener si quiere triunfar en la vida en cualquier emprendimiento que inicie, y más aun en esta calamitosa situación en la que vivimos hoy en día con la pandemia mundial del covid-19. Si un individuo no es disciplinado para acatar las directrices emitidas para controlar la pandemia, pues allí tiene que estar la autoridad presente para hacer entender a todos los estúpidos la gravedad de la situación que estamos atravesando, situación en la que si no se acatan las mínimas reglas impuestas para para poder parar el contagio de esta enfermedad, nunca vamos a poder salir de esta calamitosa situación, y más aun estos energúmenos se transforman en criminales por que ponen en riesgo la vida de sus hermanos, padres, abuelos, amigos, la vida de toda la población en general.
    Lo que la autoridad debería hacer de manera inmediata, es que, si se encuentra gente que es indisciplinada participando en fiestas de cualquier índole y en cualquier lugar, se cierre ese sitio totalmente con esa gente adentro por un tiempo de por lo menos 30 días y se ponga al ejercito a controlar que nadie salga ni entre a ese lugar. Sus familiares serían los encargados de llevarles comida y vituallas y que asuman las responsabilidades de la situación. Solo así se va a poder contener la estupidez de la gente.

  2. Excelente análisis.
    Y en verdad es que, nos falta mucho por aprender de la cultura japonesa, de la educación que rige en Dinamarca, Países escandinavos por ejemplo.
    Quizás el nuevo gobernante, no sea un supino farsante, como Moreno, Nobel de la Paz y de Física y su Compinche antecesor, Tirano Gadafi, Nobel de Economía, en la que dizqué, pretendían hacer historia con su robolución y corrupción ciudadana.

Responder a Ernesto Cancelar respuesta

Your email address will not be published.

*

Las últimas de

×
Ir Arriba