Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

El Ecuador de la responsabilidad compartida

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Asume un nuevo gobierno y se siente en el ambiente una múltiple carga de expectativas. Un nuevo aire y algo de esperanza. Y hasta ahí sería igual a cada vez que llega un nuevo presidente, si no fuera por que en este momento se vive una crisis en lo social y económico sin precedentes.

Pero más allá de la buena propuesta y la buena estrategia se requiere además de un cuidadoso manejo de expectativas ciudadanas. Que no es otra cosa, que ese delicado balance entre lo que es necesario hacer -y todos lo saben-,  y lo que es posible de acuerdo a las circunstancias.  Entre la capacidad de comunicar de forma adecuada los costos de las medidas que se requieren, y la incapacidad de evitar que se perciban impactos como consecuencia de ellas. Entre la voluntad de reactivar el sector productivo en momentos que el Estado está quebrado, y la imposibilidad de cambiar rápidamente los esquemas regulatorios vigentes que han desincentivado la inversión y la creación de empleo.

Así, el nuevo gobierno asume un compromiso ineludible con la reactivación económica y la equidad social, el cual el propio presidente ha enfatizado en su discurso de posesión. Además como primeras tareas ha realizado signos sensibles de ese compromiso con la transparencia y la tolerancia, al derogar el Reglamento a la Ley de Comunicación.

Pero de antemano se sabe que el arranque lleno de retórica adecuada y consecuencia encontrará a la vuela de la esquina una creciente demanda de resultados. Una comprensible impaciencia ciudadana producto de las profundas necesidades y las múltiples crisis que el país lleva a cuestas.  Sazonado con el quehacer de los agoreros del desastre y los detractores que jugarán con la desesperación y la imposibilidad fáctica de cambiarlo todo en poco tiempo.

La capacidad de emprender un plan de vacunación exitoso en poco tiempo será la primera gran prueba. Es la piedra angular de un sistema coherente de reactivación económica y comercial que se requiere urgentemente, y al que deberá seguir una gran capacidad de resolver los múltiples entuertos regulatorios que dependen del Ejecutivo para dar signos de estabilidad y promover la reactivación.

Luego  está  la agenda con el legislativo y ese paquete de medidas que debe ser consensuado para permitir al país más libertad, más inversión y más amplitud laboral para multiplicar el empleo. Las reformas tributarias y otras necesarias destinadas a cambiar ese esquema de control institucional que ha inmovilizado a muchos sectores, y hacerlo todo esto sin desbaratar el Estado, que se requiere fuerte para emprender todas las acciones futuras. Todo esto habla de una agenda multidimensional, como la crisis que se vive. Y todas las acciones son urgentes y simultáneas.

Pero nada es posible sin un liderazgo positivo, una gran capacidad de comunicación, de transparencia y de estrategias continuas de persuasión política y social aplicados a una sociedad fragmentada, que razona en función de la exclusión y los beneficios de grupo. Una sociedad que hoy se encuentra más afectada que nunca, más excluida y más desigual.

Los valores de la vida republicana, invocados en la posesión presidencial, ponen de nuevo sobre la mesa la necesidad de redirigir la vida social hacia la recuperación de la independencia de poderes y la recuperación económica, así como del sentido de comunidad que ha sido desbaratado por efecto de un sistema de control social. Se debe recuperar la solidaridad como eje rector de las relaciones sociales y devolver a los ciudadanos la capacidad creativa para articular un nuevo tejido social que se encuentra desgastado e incluso destruido por la sospecha, el estigma, la intolerancia y odio sembrados a pulso durante más de una década.

El Ecuador tiene una nueva oportunidad y no se encuentra precisamente con un horizonte brillante. Por ello la ciudadanía debe apoyarse y hacer lo suyo también. El éxito colectivo será la suma de éxitos individuales y de nuestra capacidad de construir comunidad.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria. 

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