Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

¡Una minga ética por Quito ya!

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Los días que vive la ciudad capital, carita de Dios y Luz de América, parecen sacados de un thriller de Grisham, matizado por abundantes escenas de horror. Pero a diferencia de ellas, esta no es ficción. Es la triste realidad de la ciudad capital.

Y no se puede decir para nada que ha sido un proceso súbito, espontáneo o inesperado. Ha sido más bien sintomático y el resultado de una lenta descomposición, donde los protagonistas han sido muchos. Unos cuantos que han hecho por turnos, de la institución rectora de la ciudad, presa política y económica para sus afanes; y otros muchos que han mirado al otro lado mientras esto sucedía.  Que han esperado que otros arreglen los problemas, que otros se quejen, que otros actúen. Y como en todo, cuando las personas más calificadas no participan, el campo está abierto para que cualquier pandilla o sistema de beneficios haga de las suyas. La tragedia de los comunes, es el día a día de la ciudad capital.

La ciudad ha crecido, se ha diversificado y abierto a nuevas áreas geográficas lejanas y menos compactas. Sí, sin duda el aumento poblacional ha impactado la ciudad como se conocía. Y ese impacto ha sido multiplicado por la falta de previsión y planificación. Por un Municipio obeso que dedica la mayor parte de sus ingresos al pago de largas planillas por servicios mal realizados o poco eficientes e invierte muy poco en obras. Municipio donde un trámite, despachado a tiempo, es recibido como un gran regalo. El concepto de servicio ha desaparecido, se han vuelto favores.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué en la época del gran empoderamiento ciudadano se ha dejado a la deriva este barco donde están todos los habitantes de la ciudad? Hay varias respuestas que se pueden ensayar. Y unas se relacionan con la decadencia del sistema de participación política. Se ha dejado que el voto sea la única forma de participación en la ciudad. Se vota y se espera cuatro años.

Pero hay más. Está de por medio la falta de sentido de comunidad. Se ha cambiado la comunidad por el estado local y ya no hay organización como se hacía hace décadas cuando los barrios planificaban las mingas para ordenarlos y pintarlos de cara a las fiestas de la ciudad. Fiestas que ya no existen. Y esto no solo por la pérdida de la Feria de Quito, sino por falta de sentido de ciudad. Falta de espacios de encuentro y de coincidencia. ¿En dónde se reúnen hoy los Quiteños? ¿En dónde se encuentran?

Las concejalías que eran funciones de honor hoy son cargos públicos para la gestión de los temas de la ciudad. El Concejo no es un todo orgánico, es un espacio de pugna donde se ventilan los intereses de grupos de presión detrás de sus elegidos. Una mini asamblea donde prima el cálculo político.

Quito toca fondo. Y resume las imágenes de la decadencia en la que se encuentra la ciudad, en varias postales. Una, la de un alcalde con grillete llamando a sus huestes a defenderlo de una destitución anunciada, que no pone fin a esta pesadilla pero que obliga la ciudad a pensar la salida de esta crisis. Otra, la de un Municipio presa de intereses económicos, donde se mencionan nombres de  empresarios de la construcción que financian campañas políticas, para luego tener carta blanca para hacer sus proyectos “express”  donde quieran, usando normas que se fabricaron con dedicatoria  y con un exquisito gusto por el “green washing“.  A eso se suma la crisis de seguridad y el mayor desempleo del país.

¿Cómo recuperar el sentido de comunidad? No de la mano de un gran líder sino de la mano de la capacidad individual de movilizarse y transformar su espacio inmediato, generar vínculos con los vecinos, organizar los barrios identificando necesidades para volver a hacerlo uno mismo.

Esa famosa minga que de niños vivimos, sino que ahora no solo se necesita para limpiar las veredas y pintar las paredes de grafitis; se necesita además que sea una minga ética, donde urge limpiar la ciudad de la corrupción.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria. 

7 Comments

  1. Quito es la mayor víctima de un sistema centralista. Pasa en Peru con Lima, en Chile etc, una ciudad capital que aloja a un estado obeso, gigante, corrupto, lento y alejado de la gente. Como el dinero está allí, han migrado cientos de miles de personas por décadas de todo el pais en busca de trabajo. Se perdió identidad, sentido de comunidad y se cambió cantidad por calidad. Es lo peor que le puede pasar a una ciudad, crecer demasiado en muy poco tiempo.

  2. Basta de incapaces y ademas corruptos, la ciudad requiere urgente cambiar 180 grados poniendo en su administracion gente honesta y capaz

  3. Que tan bueno le parecería al ilustre municipio capitalino si los dueños de casa dejaran de pagar el impuesto predial en represalia al mal trato recibido del pillo alcalde y sus huestes?

    Es momento de salir y expresar nuestro malestar, para que carajo se paga los impuestos.

    Ciudad cubículo de ladrones, criminales, traficantes, políticos corruptos, para muestra basta un botón, el pillohomero Yunda, con grillete, cara de careta, testaferro, es hora de limpiar el inodoro, pronto se declarará perseguido político, tal como el defensor del pueblo, son basura estos bastardos.

    Sería bueno que Quito se divida en sectores y tenga diferentes directores sectoriales, de esa manera, no dar libertad a un solo pillo para que decida por la capital.

  4. En verdad, la matriz de todos los males que nos agobian, está en el ciudadano. Poco a poco ha ido perdiendo el espíritu cívico de ver a su ciudad y país cada vez en mejor sitial. De seguro la culpa es del sistema educativo: superfluo. Y así, vende su voto al mejor postor, al que más ofrezca. Que haya robado al Estado, poco le importa. Y los políticos triunfadores van a hacer de las suyas, a desbrozar el camino para el atraco. Uno de sus resultados, por ej., la ley de elecciones que hoy tenemos: cualquiera puede ser candidato porque tiene el derecho; el derecho no es de la ciudad o el país, es del candidato; puede estar con grilletes o en procesos judiciales, no importa, el derecho es del espontáneo candidato. Y el ciudadano, fiel servidor: para él el voto porque ofrece más. La ley le permite ser elegido con bajísimos porcentajes. No importa. El derecho es del candidato. Como lograr un cargo en el Estado es ponerse las botas, que no sea solo para él, su familia y compadres, también tienen derecho. Candidatos: a millares surgir; verdaderas sábanas como papeletas de votación. Claro, si el Estado, que tiene plata, le auspicia económicamente desde la candidatura. Es que tiene derecho, pues. Muchos no tienen ni el 1% de los que aparecen como auspiciantes en el registro electoral. ¿Hay fábrica de firmas? No hay tiempo para comprobaciones. Si después, ya en el cargo público, le acusan de actos dolosos, sale más bravo y amenaza: el corroísmo estropeó hasta la vergüenza, ni pizca. En otros tiempos, servir a la ciudad o al país era un honor, lo hacían gratis. Ahora, se dan lujos pagados por el Estado, hasta después de dejar el carguito, salarios vitalicios y hasta guardaespaldas para la prole que se va a dar una vueltita por el mundo. El país tiene plata, ¡qué caray!. Luego de esta vida, no hay otra. Y no se olviden de colgar la fotito en la «galería de honor» del Palacio. ¡Puaf!

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