Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

El problema de Quito es político

en Columnistas/Influencers4P por

Hoy por hoy el proceso de remoción del Alcalde de Quito, llevado a cabo por el Concejo Metropolitano, depende de la resolución a la consulta que el mismo Alcalde elevara al Tribunal Contencioso Electoral.

Las noticias, y en especial las redes sociales, nos han ofrecido diversos criterios y análisis sobre este tema: desde aquellos que afirman que la remoción es un asunto de discriminación clasista, pasando por otros que opinan que es persecución política y hasta otros más avezados que sueltan la bola de que todo estaba planeado y pensado para ganar réditos políticos con fines electorales para el 2023.

En realidad, podría ser un poco de todo, pero lo cierto es, que el problema de Quito es eminentemente político, y lo que se vive, muestra una semblanza de la realidad crítica que existe en términos de gobernanza local y que no es resultado únicamente de esta última administración. Quito viene arrastrando, desde hace años, una orfandad política significativa que conviene poner sobre la mesa, aunque al hacerlo se tengan que emitir comentarios que resulten impopulares.

Van a ser quince años desde que la capital ha dejado de ser el bastión político del país. Casi se ha desvanecido de la memoria de los quiteños, aquellos alcaldes que, mientras trabajaban por la ciudad, al mismo tiempo hacían escuchar su voz firme sobre los principales hechos políticos del país, alineando a la capital a objetivos democráticos, económicos y sociales. Entonces sí que se vivían tiempos en donde la quiteñidad era entendida no solamente como orgullo de pertenencia a la ciudad capital, sino también como referente de valores cívicos.

Sin embargo, varios hechos políticos fueron marcando una hoja de ruta que condujo a la pérdida de identidad, la orfandad y el desgobierno de esta ciudad. Tres administraciones se necesitaron para desvencijar a Quito. La primera, hija predilecta del socialismo del siglo XXI, que partió arrasando con los simbolismos de la identidad quiteña, se volvió funcional a los intereses del gobierno central y terminó convirtiéndose en caja de resonancia comunicacional del Ejecutivo. Cuando los ciudadanos necesitaron de una voz que defienda a los quiteños de los flagrantes atropellos políticos, les dieron con las puertas en sus narices.

Cuando al fin se pensó que venía un giro en la administración de la ciudad, otro desencanto sobrevino. Un Alcalde sin liderazgo que tampoco se atrevió a defender a Quito como ofreció, y que en los momentos clave evadió posicionar a la ciudad como referente de valores democráticos y prefirió atrincherarse en discursos ambiguos y en generalidades.

Y, finalmente, cayó una autoridad que con poco más del 20% se alzó con el cargo más importante con un puñado de legitimidad que no le alcanzó para desempeñarse bien. Su gestión termina salpicada de actos de corrupción y dudoso relacionamiento con el correísmo, a la luz de lo ocurrido en Octubre, cuando permitió que la ciudad fuera casi destruida.

Quito está abandonada. Y no es reciente: su orfandad tiene responsables. Si bien es cierto que esta última administración puede ser la peor desde varios enfoques, la verdad es que desde hace rato Quito viene siendo presa de los más irresponsables apetitos políticos.

La incapacidad de generar alianzas, de  los actores políticos que aspiran a la Alcaldía, ha hecho que esa contienda electoral sea más bien un festival de egos y personalismos. El problema es político. Es de los políticos carentes de visión de gestión y administración local, a quienes les mueve el interés y no la vocación legítima de levantar la ciudad.

Se abrió la ruta hacia el 2023 y ya van calentando motores algunos personajes que se creen predestinados; muchos de ellos por su conteo de likes en las redes. Si se quiere  salvar a Quito, empiecen primero por ser coherentes y responsables y entiendan que  para levantar a la ciudad hay que partir, además de un plan de acción integral, dando un norte de visión democrática porque el problema que tiene Quito es sobre todo político.

Ruth Hidalgo es directora de Participación Ciudadana y decana de la Escuela de Ciencias Internacionales de la UDLA. 

3 Comments

  1. Lamentablemente este excelente análisis no leerán la mayoría, empeñada en otros temas, banales unos, sin la categoría otros. Cómo va a perder la selección, pues..!. De seguro para el 2023 habran 2 o 3 buenos candidatos y 25 embelequeros… Triste…!

  2. Sra.Hidalgo gracias por sus artículos, pero en éste, su «approach», al problema en la alcaldía, es demasiado tibio. Hay mucho bla bla en las redes y hay que instruirse en las evidencias claras de una corrupción sin precedentes en el cabildo quiteño..Éste Yunda es un corrupto y punto! Los concejales, una manada de borregos ciegos( excepto Sra.Coloma, una dama de la política) que no valen un atado..Esto es lo que hay!

  3. De acuerdo; pero también creo que «los forajidos» se han «secado». Unitos, ya se acomodaron; otritos, se fugaron; y unos cuantos, se han «virado»: andan haciendo funcionar sus «bubucelas» frente al Tribunal Contencioso Electoral en favor del Hyunday. Ya no les importa que a Quito se lo carguen en peso. Y no se han asomado ni para hacer temblar al tirano. El civismo en crisis.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*

Las últimas de

×
Ir Arriba