Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

¡Más altura en el debate!

en Columnistas/Influencers4P/Info por

En los últimos años la masificación de los medios de información ha trasladado algunas discusiones a las redes sociales. Entre ellas la discusión sobre la corrección política que ha transitado desde la ideología hacia la cultura. Y si bien este tema no es nuevo pues su crítica surge al final de la década de los ochenta con el libro de Allan Bloom Closing the American Mind, en los últimos años se ha vuelto un tema central de la cultura política y social en casi todo el mundo. ¿Se debe exigir corrección política como norma de convivencia social?

Las demandas sociales por mayor equidad, tolerancia e inclusión con los respectivos derechos que van consolidándose, en especial para grupos minoritarios y mujeres han ido paulatinamente ocupando un lugar preponderante en las agendas y políticas públicas de los estados occidentales. Esto se ha dado hasta convertir esa tolerancia, respeto e inclusión, en el lente a través del cual no solo se miran las decisiones de un gobierno o institución pública, sino también con el que se mide toda expresión, opinión y manifestación en la esfera social en la actualidad.  Y por supuesto, con la que se sanciona al infractor con campañas masivas de condena o cancelación.

Esta expresión si bien engloba las preocupaciones conservadoras sobre la influencia del progresismo en la cultura, se instaló hace décadas en el debate político cuando en Estados Unidos la revista Forbes y Newsweek la llamaron la “policía del pensamiento”.  Y esta demanda de racionalidad, ecuanimidad y tolerancia, que se introduce desde el sistema político y social, podría también limitar, en su otro extremo, la libertad de pensamiento y de expresión. Sobre todo en un nuevo escenario social donde aún no se tiene claro cuáles son los parámetros que deben guiar, de forma precisa, cómo se ha de reaccionar ante una opinión disonante que ataca a una pretensión de tolerancia o inclusión de ciertos grupos.  O cómo se ha de reaccionar cuando existan burlas sobre importantes sensibilidades sociales, como son la fe y la religión, y cuál debe ser la reacción civilizada ante tales opiniones.

En días pasados el nuevo programa televisado de La Posta  en TC Televisión encendió  en redes sociales esta  feroz discusión. Y se puede concertar sin pasiones, que el exceso en ese caso radicó en la forma burda de presentar un tema serio. Lo condenable en el uso de recursos y espacios públicos para hacerlo, y en la falta de un libreto elaborado con un contenido a la altura de una audiencia nacional. Sin embargo, también cabe hacer una distinción respecto del fondo. El derecho a emitir una opinión con burla o sátira es parte del derecho a opinar y a expresarse. Y eso es incuestionable. Si de ello deviene injuria lo tendrá que resolver la justicia. Aunque también debe decirse que para burlarse en política hay que leer mucho. Las Catalinarias de Montalvo para empezar y otras obras más recientes. Pero en ningún caso el ejercicio de este derecho, de forma torpe y desencajada, justifica ninguna regulación o la limitación al derecho a la opinión o expresión.

Conforme avanzan las sociedades  éstas caminan hacia la autorregulación y al ejercicio de los derechos de forma amplia con la única dirimencia que interpone el poder judicial cuando se configura una transgresión legal. Pero los poderes políticos no deben intervenir jamás. Esa lección aprendió el país con un costo alto.

Por otro lado, esas condenas y campañas masivas como parte de la “cultura de cancelación” también han surgido como sanción mediática poderosa ante eventos que transgreden sensibilidades sociales, pero estas si bien son una expresión legítima, llevadas al extremo podrían provocar efectos tan violentos como los que censuran. Anti-vacunas, conspiracionistas o negacionistas también tienen derecho a opinar, a pesar del riesgo. Negarles ese derecho sería aun más peligroso para una sociedad.

En democracia hay aprendizajes necesarios y calibraciones en varios rubros que deben darse. Sin convertir la necesaria corrección política en una tiranía para erradicar o limitar la libertad de opinión. Lo que hay que demandar es altura en el debate.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria. 

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*

Las últimas de

×
Ir Arriba