¿Hay cómo parar la emigración?

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El anuncio reciente del gobierno mexicano de imponer visa a los ecuatorianos que viajen a ese país encendió las alarmas y puso en evidencia que la emigración ha recrudecido. Si bien la crisis es anterior a la pandemia, ha generado un enorme impacto y está empujando a los ecuatorianos a emigrar.

México da cuenta que de cada diez ecuatorianos que viajan a ese país, siete no retornan en su intento por migrar a otros países, presumiblemente a Estados Unidos. Esto, a pesar de que muchos en su intento son aprehendidos por las patrullas fronterizas y llevados a centros de detención donde pasan semanas o meses hasta ser deportados. Y a pesar de que abundan las historias sobre el drama humano de la emigración clandestina, del cruce por el río, los abusos de los coyoteros -que les quitan hasta sus pasaportes-, y el largo camino por el desierto, los ecuatorianos afirman, tras ser deportados, que volverán a intentarlo. Se cuenta que cerca de sesenta mil ecuatorianos han sido deportados en el 2021; un incremento del cuatrocientos por ciento con el año anterior. Algo que debe llamar a una profunda reflexión.

La causa de la emigración es doble. La primera es conocida. Es la dimensión económica producto del empobrecimiento de los últimos años y la falta de oportunidades laborales especialmente en el sur del país. La otra dimensión es más compleja y más profunda: la moral. Y se relaciona con una crisis que rebasa las condiciones materiales y que acaba con los sueños, con las esperanzas de una mejor vida y con las ganas de progresar y poner el hombro al país en el que han nacido.

Este doble empobrecimiento que sufren los ecuatorianos debe llamar a una urgente reflexión sobre el país que se necesita recuperar. Lo primero, el empleo y crecimiento económico y social pero, lo segundo e igualmente urgente, es la necesidad de devolver a los ecuatorianos y ecuatorianas la fe en su país. La fe en sus instituciones y en la vigencia de un estado de derecho y de justicia.

En la raíz del sistemático empobrecimiento moral se encuentra la corrupción y la violencia a la que ha sido sometida la sociedad en los últimos años, y la falta de confianza  en la capacidad de sus instituciones para hacer frente a esos fenómenos lacerantes. Es entonces más urgente que nunca, al tiempo de trabajar en las nuevas políticas para aumentar el empleo e incentivar la recuperación económica, trabajar con todo el rigor necesario en la recuperación moral de una población que se encuentra azotada, huérfana de referentes y sin fe en sus instituciones. Con líderes y partidos que se miran al ombligo y asambleístas que instan a “robar bien” o son expulsados de sus partidos con reticencia a pesar de evidencias de corrupción.

A la debacle moral de la representación política se suma la creciente violencia en las calles y cárceles, por la penetración del narcotráfico durante años de vigencia de un sistema permisivo aliado que entregó en bandeja al país con un disfrazado discurso soberanista.

De ese país fugan niños y niñas, jóvenes y adultos ecuatorianos en busca de oportunidades.  Oportunidades que tienen que ser creadas aquí. Y que pueden ser creadas aquí con políticas públicas que tiendan a crear puentes entre los público y lo privado y que inviten a la concertación social y a la inversión nacional y extranjera con incentivos y no con amenazas. Pero que sobre todo exija a cada representante elegido una capacidad de desempeñarse con la dignidad y solvencia que la majestad de su cargo obliga.

De lo contrario, la devaluación moral del liderazgo político y público continuará llevándose al paso la confianza de los ecuatorianos y mermando la fe en sus instituciones y en el futuro del país.

Hoy es una obligación de todos los líderes, incluyendo a los líderes indígenas y todos los partidos y movimientos, ser parte de una recuperación moral para evitar que se empobrezca más a los ecuatorianos y lograr parar la emigración.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria. 

5 Comments

  1. Estando de acuerdo con lo escrito, creo que también hay procesos sociales comunitarios que influyen. Cuando estás en un ambiente en el que la gente solo habla de salir del país y además observas cómo muchos de tus cercanos en efecto se van, te sientes “obligado” a hacerlo. Si en la calle una multitud corre despavorida en sentido contrario al que tú vas, sientes ganas de correr y terminarás haciéndolo aun sin saber exactamente qué pasa. Uno de los inductores más poderosos de la conducta humana es la conducta de otras personas, especialmente las de tu endogrupo. Quienes migran viven en un clima psicológico de emigración constante. Tal vez los programas de intervención comunitaria pueden ayudar de una manera más ágil y efectiva que las soluciones de largo plazo como la adopción de políticas públicas que se comentan en el artículo.

  2. Y por qué Ecuador no pide visa a los mexicanos. Correa les abrió las puertas, y vinieron sus amigos los narcotraficantes.Fue a México junto con una señora Canciller, cotorra que de vendedora de pasajes le puso de Canciller.Y se fueron México a invitar a los narcotraficantes y decirles que ya no había la base de Manta, y sí muchas pistas de aterrizaje para las narcoavionetas. Correa arruinó el país abriendo las fronteras a todo el mundo.

  3. México tomó una decisión drástica: impedir el libre ingreso de ecuatorianos. Así se frena la migración.

    Por qué el Ecuador no puede hacer lo mismo con respecto a los venezolanos?

  4. ¿Hay cómo parar la migración? Imposible, cuando hay un país en estado de descomposición económica y moral. Quienes salimos del pais hace más de veinte años sabemos lo duro que es vivir en un pais distinto a nuestras costumbres, idioma y sobre todo estar lejos de nuestros seres queridos. En nuestro querido Ecuador se ha perdido todo principio de ética y moral e impera la ley del más «sabido», tal es asi que ciertos «honorables asambleistas» nos insinuan que si robamos lo hagamos bien. Cómo un pueblo, que vive con uno o dos dólares diarios, puede sentirse a gusto viviendo en un pais que tiene de todo pero que le falta todo para vivir como ser humano.

  5. Es muy triste que un país con enormes recursos naturales como el Ecuador obligue a sus ciudadanos a emigrar y enfrentar inmensos peligros y la incertidumbre que significa asentarse en un lugar desconocido, con un idioma y costumbres distintos. Aquí en Manabí, igual que en el sur del país, hay regiones que específicamente tienen una alta tasa de emigración. En la comunidad donde vivo, hay muchas personas que han viajado a los Estados Unidos como turistas y se han quedado trabajando de forma ilegal. Conozco que el consulado en Guayaquil está siendo más restrictivo en relación a la concesión de visas por esta razón.

    Y no es que se haya carecido de políticas para retener a los habitantes en las regiones donde habitan. En los 90 el gobierno de Sixto Durán Ballén implementó en las unidades educativas rurales talleres de mecánica, costura y carpintería, con el fin de frenar la emigración rural, que es otro gran problema del país. Conocí una donde el de mecánica estaba abandonado y el de carpintería sólo funcionaba circunstancialmente ya que el profesor de Matemáticas, contratado por un corto periodo, también era carpintero. Para llegar a esta escuela se necesitaban cuatro horas en bus y a pie desde Portoviejo, con menos de 70 km. de recorrido.

    Y ahí está otro aspecto del problema: la falta de atención a las zonas rurales. Casi nadie quiere trabajar y vivir en ellas. Los que culminan la carrera de medicina, hacen todo lo posible por evitarlas. El lugar que les menciono tenía un dispensario médico sin personal. Por más que se argumente que el gobierno de Rafael Correa mejoró las vías de comunicación, basta un pequeño recorrido por zonas rurales para conocer el pésimo estado de los llamados caminos vecinales, llenos de huecos en la época seca e intransitables en la lluviosa, y el deterioro, por falta de mantenimiento, de las carreteras principales tan publicitadas.

    Un exestudiante se mudó de la zona rural del cantón Santa Ana a Manta hace varios años. Estaba trabajando en una empresa pesquera donde suele darse una explotación laboral inmisericorde. Le pregunté por messenger si echaba de menos la finca donde vivía. Me contestó escuetamente: «No, allá no había nada».

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