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El ocaso de El Comercio no es casualidad

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Cualquier argentino diría que Quito tiene la pava. No solo le caen desgracias sino que las atrae. Jorge Yunda, que funge aún como alcalde, es un personaje susceptible de aparecer en una bien curada antología de pícaros locales. A esa saga digna del dramatismo realista de un cineasta como Kusturica, ahora se suma el ocaso de El Comercio, el diario tradicional de la Capital. Un grupo de funcionarios y periodistas, cuyo número no ha sido precisado, que se agrega a la ola ininterrumpida de despidos, fue separada este fin de semana. El Comercio se quedó sin gran parte del talento humano, producto de un proceso iniciado y sostenido por Guadalupe Mantilla, desde 1994, hasta la venta del diario en 2015, al mexicano Ángel González. 

El Comercio llegó a ser, en el grupo de los grandes diarios de América, uno de sus miembros más activos y ganó numerosos premios periodísticos y de calidad de impresión en el exterior. Su destino, al margen de la crisis que viven todos los impresos en el mundo, tiene que ver con el dueño que apareció tras una desastrosa administración efectuada por la cuarta generación de los Mantilla. Esa generación puso de lado a la directora que era la depositaria de una línea periodística y editorial valiente y frontal. Con ella, El Comercio escribió páginas periodísticas memorables. Un ejemplo: su liderazgo informativo y de opinión en el proceso de paz con el Perú. 

Ángel González no solo es un empresario que ha consolidado su imperio mediático en el continente con prácticas irregulares. En el informe sobre el concurso de adjudicación de frecuencias, elaborado en 2017, la Contraloría determinó que el grupo de “El Fantasma” postuló para 19 frecuencias y las obtuvo. Así él, Yunda y Lenín Andrade en Manabí, concentraron, mediante entramados societarios, el mayor número de frecuencias; un hecho totalmente ilegal.
La concentración de frecuencias en el caso de González es inversamente proporcional a su preocupación por el país: esto se mide en la línea informativa y editorial de sus medios. González compuso con el correísmo y sirvió además a Rafael Correa dando soporte, por ejemplo, a la transmisión de sus sabatinas y cadenas desde Europa o Estados Unidos, y fue bien recompensado.

El Comercio ya antes de la venta a González manejó en forma timorata la relación con el gobierno de Correa y, tras el traspaso de acciones, evadió totalmente la confrontación. Un ejemplo emblemático: la nota publicada el 4 de abril de 2015 sobre un ajuste de $606 millones en el proyecto Coca-Codo. Una nota bien hecha, con datos oficiales que el correísmo, mediante la Superintendencia de Comunicación, rectificó en forma totalmente surrealista. El diario publicó el comunicado mentiroso del gobierno, sin una réplica acorde a la circunstancia.

Con la llegada de Lenín Moreno a Carondelet, creció la expectativa de que El Comercio liderara un proceso de opinión en respuesta al vacío político y de liderazgo que los quiteños constataban en la ciudad. Esperanza extraviada: un propietario ajeno al país y sus urgencias y un periodismo descolorido volvió inviable una operación empresarial que requería un nuevo aire, con otro proyecto periodístico.

Así Quito se quedó sin un referente en un momento en que a nadie sorprende oír que la ciudad no tiene norte, nada pinta en el liderazgo nacional, tiene un alcalde removido y con grillete, universidades ausentes de los temas públicos e intelectuales que, si quisieran aportar -y no es el cierto en la mayoría de casos- no cuentan con los medios para debatir. En una década, la capital se quedó sin diario HOY, la revista Vanguardia y se puede sumar El Comercio.
En los hechos, y aunque hay nuevos medios digitales, no han aparecido nuevos empresarios de medios de comunicación. Y en temas públicos, no hay misterio: la crisis de liderazgo y la llegada de un sinvergüenza como Yunda a la alcaldía, tiene que ver con la carencia de debate público que, en buena medida, pasaba por los medios que figuran en la historia de Quito. Las redes sociales, por más tendencias que generen, no favorecen el procesamiento y edición sistemática de nuevas ideas en todos los campos.

Rafael Correa quiso destruir los medios de comunicación. Y en buena medida lo logró. La realidad que vive Quito es una consecuencia más de esa política de tierra arrasada del autócrata.

Foto: El Comercio

7 Comments

  1. «EL COMERCIO» se terminó el año que los herederos de los ilustres hermanos Mantilla Ortega «negociaron» su venta al mejicano de apellido González, fue entonces cuando nació «el comercio» que serviría para la engañosa propaganda de la loca del ático. Desde ese momento comenzó la caída libre de la empresa periodística más importante que tuvo este país.

    Lo que está sucediendo en estos días solamente son las patadas de ahogado largamente anticipadas por cualquier ciudadano más o menos enterado.

    BASTA DE IMPUNIDAD… BASTA CON LA MALDITA CORRUgCIÓN!!!

  2. Es lamentable que un periódico que mucha influencia tuvo en el desarrollo del país y de su capital, especialmente, tienda a desaparecer. Un medio de comunicación tiene la gran responsabilidad de formar el criterio de los ciudadanos, cuestionando, sobre todo, sin miramientos los errores de los gobiernos que perjudican a la ciudad y al país. Es decir, educa. Esto lo hacía El Comercio en sus buenos tiempos; lastimosamente, cuando pasó a manos de fantasmas que no son de aquí, (que poco les importa lo que pase en el país), vino su deterioro y empezó a despedir a periodistas de fuste, como el señor Pallares y con pretextos insulsos, como el criticar al Mashi en Twitter. Es decir, pasó a servir al mandamás y adoptó la política del avestruz como los «naranjas»; (bueno, ahora ya dicen a todo «no») mientras los «engrilletados» están en su papayal. Triste homenaje a sus fundadores, los hermanos tungurahuenses Mantilla Jácome.

  3. Sr. Hernández, sírvase usted verificar cual es la concentración de frecuencias que usted hace cita en su artículo en un concurso en el cual no he participado ni como persona natural o jurídica y que supongo se hizo eco de las declaraciones infundadas y mal intencionadas de dos personajes, razón por la cual solicité a Contraloría directamente a Pablo Celi por varias veces, se me certifique si mi nombre consta en el informe de dicha Institución y nunca se me contestó, posiblemente para evitar las acciones a la cual tenía derecho.
    Lo que si se puede demostrar es que la concesión de frecuencias a través de grandes cadenas constituyen sistemas oligopólicos para imponer un solo criterio periodístico y de opinión.
    Por mi edad y la actividad en la que he laborado y representado, tengo la ventaja de conocer la historia de las concesiones de frecuencias de este país que limitaron a la periferia poblacional y que por eso algunos lo definen como un colonialismo informativo.

  4. Que pena que un díario icónico se convierta en el nuevo comodín del narcodelincuencial Correísmo putrefacto y detestable.
    Pagarán su factura con el rechazo que la ciudadanía realice a los sesgados publicistas del latronicio correísta

  5. Era broma conocida entre los jubilados del los parques en las mañanas de tertulia, cuando le preguntaban a que te dedicas, se decía con aire solemne » al comercio y la banca»; Lastima por este otrora prestigioso diario y es una gran perdida para los ecuatorianos.

  6. Ya me parecía raro que el prófugo no haya dicho «el comercio» cuánto estaba gritando su lista de gente y organizaciones de las que se iba a vengar. Ahora tiene sentido.

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