Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Hacia la construcción de un país de mínimos

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Cada vez que el país enfrenta graves conflictos sociales que generan divisiones y posiciones encontradas, los ciudadanos se preguntan: ¿por qué es tan difícil estar de acuerdo? ¿Por qué no es posible dialogar entre ciudadanos y escuchar al otro? Porque se ha radicalizado de tal forma el pensamiento social y político que se han creado dos bandos en cada discusión: los buenos y los malos.

¿Qué ha hecho el país desde el regreso a la democracia para construir una cultura de diálogo que permita generar unos presupuestos mínimos sobre los cuales se asiente la vida social, económico y política? ¿Quién o quiénes trabajan activamente por el diálogo en el Ecuador? ¿Quiénes trabajan por el consenso?

Los políticos desempolvan su arsenal de simpatías cada cuatro años activando la empresa electoral, ante la falta de un sistema de partidos que permanecen en pausa durante este tiempo pues no existe, al parecer, ninguna necesidad de consensuar sobre nada ni de acordar pensamiento alguno. Los idearios políticos y los programas de gobierno son documentos ad hoc creados para el momento sin, al parecer, ningún valor o relevancia más allá de la elección donde participe su candidato. Y ese es el mayor nivel de diálogo sobre planes o programas que se da en la vida política nacional. Más allá de esto, reina el silencio, la falta de acuerdo y la desconfianza en las ideas y motivaciones de otro.

De tal suerte que cuando llegan al poder los unos o los otros, al parecer recién se enteran de lo que la otra parte, o partes perdedoras, demandan o necesitan del gobierno. Y empieza una negociación con retraso, sobre la hora y sin la perspectiva de una negociación de paz. Comienza así un tira y afloja que tensa todas las cuerdas sociales y llega incluso a sacrificar la productividad y paz social cuando se anuncian movilizaciones y paros. La pregunta es siempre: ¿por qué no se pueden dar conversaciones en un ambiente de paz?

La capacidad de dialogar define a las sociedades más adelantadas que han logrado transitar hacia acuerdos mínimos sobre los cuales se asientan los demandas sociales y económicas y les generan una gobernabilidad importante. Pero esas negociaciones no son casuales ni el gracioso resultado de la coincidencia. Son, por el contrario, el resultado de una gran esfuerzo de concertación, de un ejercicio de escucha pero sobre todo de una gran empatía política. Se ha dicho que la empatía política no sirve para ganar elecciones pero sí para resolver conflictos. La empatía política se entiende como la capacidad de percibir, compartir y entender los estados afectivos y es una cualidad fundamental para cualquier político.

Hoy en el país hace falta, como nunca, empatía política para desarrollar esa capacidad de diálogo que no existe y que ha privado a la sociedad de sentarse junta y reconocerse igual en la diversidad. Si algo aprendieron bien los ecuatorianos durante la última década es que las distancias que los separan son tan cortas como insalvables. Y que estas se asientan en una extraordinaria capacidad para reafirmarse en sus propios dichos y evitar ceder, inclusive frente al error.

Quizás la tarea más relevante de los ecuatorianos y ecuatorianas hoy sea la de construir puentes. Esa ingeniería enfocada en la monumental obra de construir consensos, yendo de los aspectos más básicos hacia los más fundamentales.

Los diálogos de Cusín llevados a cabo estos días,  son una manifestación de la necesidad de consenso, de poder sentarse entre ciudadanos y de poner sobre la mesa las mejores armas que llevan: su amor por el país y la preocupación por su futuro. Que esa mesa debe ser más grande y diversa, no cabe duda. Que recién es un primer paso hacia un ejercicio de diálogo postergado, nadie niega. Pero es un llamado transversal que convoca a todos sin exclusión, a todos los que quieran sumarse para construir un país mejor.

Construir un acuerdo social, ambiental y político mínimo para un país más próspero y solidario es una aspiración de todos los ecuatorianos. No puede esperar más.

María Amparo Albán es abogada y catedrática universitaria. 

3 Comments

  1. No importa sin un pais es Ortodoxo o heterodoxo, si es neoliberal o kenesiano, o una combinacion de ambos, lo primero que debemos decir es que cualquier forma de hacer política, sin la honestidad y la honradez de procedimientos, es una de las razones por la cuales el Ecuador está donde está, muy lejos de su potencial de desarrollo, muy lejos de lo que podría ser una sociedad más avanzada y justa.
    Lo segundo, es que ese tipo de actitud no es admisible en el Ecuador de hoy. Es que, no hay espacio para equivocaciones, peor para saquear las arcas fiscales. Si en el pasado esa conducta fue equivocada y causó daño, hoy no se puede permitir. No hay justificación alguna para que la Asamblea no haga lo que tiene que hacer, como colegislador junto al ejecutivo, para lograr el cambio en aquellas reformas estructurales sin las cuales el Ecuador sencillamente no podrá salir adelante. Al Ejecutivo le corresponden las iniciativas. A la Asamblea les corresponde responder con patriotismo a esas iniciativas. Lo que jamás podremos aceptar es que, ante esta grave situacion, los politicos rechazan todo, porque sencillamente viene del Ejecutivo. Esa actitud suena a seguir manteniendo al pueblo en la pobreza e ignorancia..

  2. Estimada Amparo: Si se trata de dialogar, habrá que aplicar el «Método Harvard de negociación», que habrás aprendido en las aulas de dicha universidad.

  3. Este problema no es exclusivo del Ecuador. Miremos a cualquier otro país: México, España, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Perú, Bolivia. El caso de Estados Unidos es increíble!!

    Gran parte del problema tiene que ver con el rol de los medios de comunicación y de las redes sociales. En un mundo dominado por las tecnologías digitales, la supervivencia de los medios depende del tráfico (clicks) que generen. La forma de aumentar el tráfico consiste en presentar cada evento, cada noticia, como una «narrativa», es decir como un guión de película, con buenos y malos. El efecto es que el público se siente atraído a aquellos medios que refuerzan su propia cosmovisión, con lo cual cada quien vive en una burbuja de información, aislada del resto del mundo. Los ‘buenos» son aquellos que frecuentan la misma burbuja, y por lo tanto piensan igual que uno; los «malos» habitan en burbujas rivales.

    El ejemplo más notorio fue el de Donald Trump. Durante su presidencia, los grandes medios como CNN, NYT, NBC, WP le atacaron sin descanso, describiéndole como un presidente ilegitimo o un títere de Vladimir Putin; mientras tanto en FOX Trump era visto como un valiente disruptor que se enfrentaba diariamente al «establishment»; y en grupos de internet como Qanon, Trump tenía categoría de héroe mítico.

    Lo mismo ocurre en el Ecuador. En ciertos medios, Guillermo Lasso es considerado como el enésimo representante de la oligarquía, sirviente del imperio y enemigo del pueblo. En otros medios, Lasso es casi un Padre de la Patria, un nuevo Olmedo, un Bolívar reencarnado que vino a liberarnos de la larga noche correísta. En ambos casos, cualquier persona que difiera de la narrativa oficial del medio es censurada.

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