Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Guayaquil no es del PSC

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Se podría pensar que el título de esta columna resulta una obviedad ya que ninguna ciudad o país debería ser identificada con un único partido político. Lamentablemente, esa no fue la realidad del Ecuador durante más de diez años ni es la realidad de Guayaquil durante los últimos treinta años. En Ecuador, durante el gobierno de Correa, no adscribir a las tesis e ideas del movimiento Alianza País automáticamente convertía al disidente en un traidor a la patria que no merecía otra cosa que insultos y vejámenes en las sabatinas que transmitía el expresidente Correa.

En Guayaquil, sin embargo, aún se identifica a la ciudad únicamente con el Partido Social Cristiano y cualquier crítica o denuncia que involucre a las administraciones municipales –ya sea la actual o las anteriores– es considerada, por algunos ciudadanos e incluso por las propias autoridades, como un ataque a la ciudad de Guayaquil. Es evidente que existen diferencias entre lo que fue el gobierno de Rafael Correa y las administraciones municipales socialcristianas en Guayaquil en materia de cooptación de poderes y corrupción, ya que las competencias y atribuciones municipales, en ningún caso, permiten un manejo burdo de las instituciones tal como fue el sello característico del gobierno de Correa. No obstante, el hecho de identificar a la ciudad con un único partido político, en este caso el PSC, es igualmente perjudicial para el desarrollo y bienestar de Guayaquil.

Todos los guayaquileños reconocen que la administración municipal del exalcalde León Febres-Cordero fue beneficiosa, sobre todo, tomando en consideración la situación calamitosa en la que recibió la ciudad. Febres-Cordero asumió sus funciones en un momento en que los guayaquileños creían que la ciudad no tenía salida y que continuaría siendo lo que era hasta ese momento, una de las urbes más sucias y descuidadas de toda la región, con administraciones corruptas cuyo único objetivo era vaciar las arcas municipales. El Partido Social Cristiano se convirtió, entonces, por méritos propios en aquel momento, en el salvador de Guayaquil y, a partir de ahí, ha obtenido el favor popular en las urnas hasta ahora. El voto al Partido Social Cristiano se convirtió en la forma en que muchos guayaquileños evitaban, inicialmente, el regreso del PRE que tanto daño hizo a la ciudad, y posteriormente, que la ciudad cayera en las garras de Alianza País.

Sin embargo, el discurso que pone al PSC como la barrera contra administraciones municipales desastrosas o corruptas es lo que lleva a la errónea conclusión de que cualquier crítica, denuncia o exigencia a las administraciones socialcristianas son un ataque a la ciudad. Ese peligroso relato es adoptado tanto por las autoridades anteriores y actuales como por ciertos guayaquileños que consideran que criticar al servidor o funcionario público guayaquileño –vinculado evidentemente al PSC– es un ataque contra la ciudad y un signo distintivo de “falta de guayaquileñidad”. Nada más alejado de la realidad, pues precisamente las críticas y denuncias contra las autoridades y servidores públicos de la ciudad demuestran el interés del guayaquileño por tener una administración municipal eficiente, honesta y transparente que, en el marco de sus competencias, mejore su nivel de vida.

Es un error, por lo tanto, que muchos guayaquileños vivan en una zona de confort en la que estén resignados a que no hay más alternativa para administrar el Municipio de Guayaquil que los candidatos del PSC porque cualquier otra cosa podría significar que la ciudad caiga en manos de un Yunda guayaquileño que nos regrese a los oscuros años 80.

Exigir a las autoridades seccionales, independientemente de su filiación política, que cumplan con sus labores con honestidad, transparencia y eficiencia, así como denunciar las actuaciones indebidas, no es un ataque a Guayaquil; todo lo contrario, es un deber como habitante de esta ciudad. Guayaquil no es del PSC, es de todos los guayaquileños.

Ricardo Flores es abogado. 

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