Cuando la plata maltrata

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Nueva York, una de las ciudades más icónicas del mundo, afronta un escándalo que ha puesto a temblar el ambiente político y social y promete llevarse por delante a figuras del jet set y a personajes de la política. Lo ocurrido en la gran manzana muestra que, cuando es usada para fines criminales, la plata maltrata.

Ghislaine Maxwell, la hija menor del magnate de la prensa británica Robert Maxwell, fue declarada culpable por la corte de Nueva York de tráfico y abuso sexual de menores. La historia es aberrante porque la condenada era  ex novia del difunto multimillonario Jeffrey Epstein y era ella quien reclutaba, personalmente, niñas y adolescentes vulnerables para que sean abusadas sexualmente. Todas provenían de círculos de pobreza y, encandiladas por  la multimillonaria vida de sus depredadores, creían inocentemente que engancharse con ellos les traería progreso. Lo que encontraron fue lo contrario: un juego perverso, premeditado y calculado de reclutamiento, maltrato, tráfico y abuso de niñas.

La historia de Maxwell y Jeffrey Epstein demuestran que el tráfico de sexo en el mundo es un gran negocio, pero también es cruel. En el escándalo han caído personalidades que públicamente no rompen un plato, pero que, en la intimidad de sus oficinas y computadores, compran servicios sexuales, consumen pornografía con niños y niñas, al tiempo que entablan amistades entrañables con los capos de este negocio.

Jefrrey Epstein, para los que lo conocieron, era el personaje que todos querían conocer y con quien querían ser vistos en una sociedad en donde el esplín y la superficialidad facilita status y negocios. Entonces, nadie se sorprendía ante la presencia de menores de edad en sus mansiones; tal vez sospechaban, pero  callaban. Al final, terminaron siendo cómplices de lo que sucedía allí: pedofilia, retención forzosa, abuso y violaciones.

Al ser detenido y puesto en prisión, Epstein cometió suicidio e irónicamente muchos respiraron aliviados porque, con su desaparición, confían que sus nombres no serán mentados, pues el escándalo ya se ha llevado a miembros de la realeza, actores, políticos y hombres de negocios. Hoy por hoy, se espera que la ex novia pueda en algún momento otorgar más información pero, de lo que se sabe, ya fue contactada para producir una novela con su testimonio que, seguramente, será un best seller que seguirá abonando económicamente a su autora. Así es esta sociedad…

En el caso de Maxwell y Epstein, su mayor condena resultó ser la social porque, al ser personajes que viven de su nombre y su dinero, estar envueltos en un escándalo como este y, más aún, haber sido condenados a prisión, los vuelve parias sociales y hace migas su reputación: sus delitos han merecido el repudio en el mundo.

Bien por New York, Estados Unidos  y sus leyes que operan inclementes ante los delincuentes de este tipo, califican la pedofilia como un crimen atroz y combaten la impunidad. Qué bueno sería que en Latinoamérica y en Ecuador, sucediera lo mismo, pero la realidad es distinta.

Las redes del país están llenas de fotografías de niñas que desaparecen a diario, sin dejar rastro; las noticias de pornografía infantil que involucran a los mismos padres son cada vez más comunes. Saltan a la memoria algunos casos:  Puerto Quito, Naranjal, Royce Philips –el abuelo- que dirigía una red de trata y prostitución de menores de edad: todos estos casos  identificados, pero ninguno resarcido. Es más, paradójicamente el abuelo, está pidiendo habeas corpus para salir en libertad: si lo logra será una burla para las familias que destruyó.

En el Ecuador, dar solución a esto es bastante complicado porque ni las leyes se equiparan a las de Nueva York ni la Policía es confiable ni los operadores de justicia son del todo probos. Basta ver cómo se están cerrando las filas de abogados y uno que otro fiscal en favor del mayor sospechoso de la muerte de Naomi y lo están convirtiendo casi en una víctima. Eso está sucediendo.

No obstante, este es un tema que no debe caer en el olvido. No sólo se necesitan leyes más rigurosas para el caso de pedofilia, trata y pornografía infantil sino que es necesario tener operadores probos, aunque suene a cantaleta. La pobreza no aliviada del Ecuador seguirá siendo caldo de cultivo de niñas y niños cuya vulnerabilidad continuará siendo utilizada para reclutarlos por mafias que operan en el país. Por lo tanto, la respuesta eficaz del Estado es fundamental.

Mientras tanto, la sociedad también tiene su parte: mientras exista gente dispuesta a pagar por acceder a pornografía y prostitución infantil, los esfuerzos para erradicarlas serán más difíciles. Valdría la pena viralizar la idea de que  cuando se reproducen estas prácticas normalizamos otra forma de violencia, porque en estos casos, la plata siempre maltrata.

Ruth Hidalgo es directora de Participación Ciudadana y decana de la Escuela de Ciencias Internacionales de la UDLA.

2 Comments

  1. En el Ecuador, dar solución a esto es bastante complicado porque ni las leyes se equiparan a las de Nueva York ni la Policía es confiable ni los operadores de justicia son del todo probos. Basta ver cómo se están cerrando las filas de abogados y uno que otro fiscal en favor del mayor sospechoso de la muerte de Naomi y lo están convirtiendo casi en una víctima. Eso está sucediendo.

    No obstante, este es un tema que no debe caer en el olvido. No sólo se necesitan leyes más rigurosas para el caso de pedofilia, trata y pornografía infantil sino que es necesario tener operadores probos, aunque suene a cantaleta. La pobreza no aliviada del Ecuador seguirá siendo caldo de cultivo de niñas y niños cuya vulnerabilidad continuará siendo utilizada para reclutarlos por mafias que operan en el país. Por lo tanto, la respuesta eficaz del Estado es fundamental.

  2. Solo un apunte: Cuando usted dice… «Basta ver cómo se están cerrando las filas de abogados y uno que otro fiscal en favor del mayor sospechoso de la muerte de Naomi y lo están convirtiendo casi en una víctima»… En realidad usted no se muestra ni cerca a concebir que incluso, es «el mayor sospechoso» pues lo dicho en su artículo en claro sugiere lo contrario a la presunción de inocencia a la que se tiene derecho ante la ley porque hasta no comprobar lo opuesto, no hay forma de mostrarlo de plano como culpable de un crimen, sucumbiendo entonces a esa tendencia social que hace que en nuestro país las suspicacias reemplacen a las certezas, generando presiones a un sistema de justicia que en ese ambiente difícilmente podrá actuar como esperamos que actúe, haciendo e impartiendo justicia, por encima de las opiniones aún si éstas son harto respetables. Finalmente y ante el caso que cita en ésta publicación en la que se llama a un sujeto bajo investigación de manera eufemística «el mayor sospechoso», debe cabernos una pregunta; ¿Y si resulta que si es inocente?…

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