Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Que el gatopardismo no gane a la democracia

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Giuseppe Tomasi di Lampedusa, escritor italiano que escribió la novela El Gatopardo -publicada póstumamente en 1958-  retrató lo que llamó la decadencia de la nobleza rural siciliana durante la época de la unificación nacional.

En esa obra, uno de sus personajes hace referencia a una paradoja que se volvió famosa por su aplicación y vigencia en el ámbito político: habla, refiriéndose a lo que hizo la aristocracia siciliana, de que si se quiere que todo siga como está, hay que hacer que todo cambie. Es decir, fingir asumir unas transformaciones y mantener, en realidad, el statu quo: plantear una ficción de cambio como argucia para seguir en lo mismo.

Analizado los recientes hechos políticos del Ecuador, se podría advertir que un sentido de gatopardismo está inundando la política y por ende la democracia. La reciente amnistía, por ejemplo, salta como muestra de este fenómeno. Porque sobre el relato de perdonar y olvidar a los acusados de octubre, y cambiar una supuesta situación de injusticia, en realidad se garantizó la continuidad de la impunidad. Está claro que para el Ecuador esa decisión no cambia ni aporta en nada a la necesidad de luchar contra la corrupción y la impunidad: al contrario, la refuerza.

Por otro lado, y para ahondar esta situación, los asambleístas siguen sin entender lo que significa la responsabilidad de legislar y lo que sale a flote es una agenda que se aclara más y más: deshacer los procesos judiciales de algunos miembros del correísmo. Sólo imaginar esa hipótesis provoca preocupación porque significaría negar al país toda posibilidad de restauración institucional. Otro cambio gatopardista con un objetivo antidemocrático, pero real.

No obstante, conviene a los ciudadanos reflexionar adecuadamente para encontrar la razón de por qué se ha llegado hasta acá. Ese ejercicio es sin duda complejo, pero necesario. Para ello toca partir aceptando que se han perpetrado errores sistémicos, que como sociedad se han cometido; la naturalización de la corrupción en el ejercicio de la política, por ejemplo, y la tolerancia ciudadana a ella.

Los ecuatorianos han seguido votando por los mismos, sin exigir mínimos de credenciales para acceder al cargo de legislador. Y aprovechando de esa tolerancia, las tiendas políticas se han avispado y han continuado postulando cuadros impresentables y poco idóneos.

Por esas razones y otras más, hoy el país está en una puerta giratoria que le lleva al mismo lugar siempre: la Asamblea no funciona porque está poblada por malos políticos y los malos políticos hacen que la Asamblea no funcione. Además ha construido un momentum para que, por la hendija, pueda regresar a gobernar quien corrompió a la democracia.

Urge cambiar este desmadre político. Urge también dotar al Ecuador de un nuevo y riguroso sistema de partidos que elimine de una los partidos de papel que abundan y se alquilan al gusto electoral. Quizás convenga que ese sea uno de los puntos centrales de una posible consulta popular, cuenta habida de que si de algo está harta la sociedad ecuatoriana es justamente de sus políticos: allí puede haber una oportunidad.

Mientras tanto, persisten las  perspectivas de cambio. Cambio en el relacionamiento con el legislativo, cambio de autoridades, cambio de estrategias. Lo que todos esperan es que esto sea un esfuerzo que se haga siempre en el marco de la transparencia por sobre todas las cosas, delimitando las líneas rojas para no sobrepasar la ética democrática.

Los acuerdos nacionales sobre principios de transparencia y el respeto al imperio de la ley respetando diferencias siempre son buenos y necesarios. Los pactos no siempre lo son, especialmente cuando se transa sobre claudicar valores; hay que tener cuidado con eso.

Pactar con los corruptos, para deshacer sus procesos judiciales, para ganar cuatro reales de gobernabilidad, sería institucionalizar al peor de los gatopardimos. Pero sobre todo un pacto así, dejaría sin piso a todos aquellos que se la jugaron y pusieron el pecho a las balas en aquella década de oscuridad democrática.

Ruth Hidalgo es directora de Participación Ciudadana y decana de la Escuela de Ciencias Internacionales de la UDLA.

1 Comment

  1. Un artículo sin duda completamente interesante en donde el autor explica con claridad cada uno de los puntos.
    Si en algo estoy de acuerdo es que la población ecuatoriano está harta de los gobiernos corruptos, sin embargo, hay muchísimas personas que no se toman las elecciones enserio y son las mismas que se quejan de la situación del país lo cual es algo irónico.
    Gran artículo, el cual nos hace reflexionar muchas cosas en cuento a la democracia y su rendición de cuentas claras en el país.

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