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Nadita mal le fue al ‘carne, biblia y balas’

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Lo que ocurrió en Brasil el domingo fue un auténtico bofetón para el establecimiento intelectual y los movimientos que se dicen progresistas. Si bien es cierto que Lula, el candidato de ese sector, quedó primero y tiene las posibilidades intactas de ganar en la segunda vuelta en un mes, lo que más ha impactado en Brasil y en la región es algo que ni la academia, ni los grandes medios ni la intelectualidad vieron venir: la fuerza que tuvo el actual presidente Jair Bolsonaro, a quien ese establecimiento ha retratado durante los últimos cuatro años como la encarnación de todas los males y de todas las limitaciones intelectuales posibles.

Para entender la dimensión de lo ocurrido, hay que tener en cuenta el volumen de la votación de Bolsonaro, que las encuestadoras no supieron predecir, y los triunfos de, al menos, seis figuras consideradas como energúmenos para el progresismo. Está, por ejemplo, la evangélica Damares Alvez. Ella fue ministra de la Mujer y los DDHH durante el gobierno de Bolsonaro y representa todo lo que la corrección política y el progresismo detesta: opuesta a la ideología de género, enemiga del matrimonio igualitario y del aborto. Para colmo, es la autora del famoso eslogan “el niño viste de azul, la niña viste de rosa”. Alvez fue elegida como senadora del Distrito Federal de Brasilia con la mejor votación de todos.

Eduardo Pazuello fue el diputado más votado en Río de Janeiro. Pazuello fue Ministro de Salud de Bolsonaro durante la pandemia y es considerado como un negacionista de las vacunas contra el Covid. Promovió el uso de medicamentos como cloroquina y la hidroxicloroquina, no aprobados contra la enfermedad. Todo un emblema de lo que un progresista llamaría reaccionario o incluso facho.

Ricardo Salles también triunfó. Él es un auténtico villano para el ambientalismo y el ecologismo, no solo del Brasil sino de la comunidad internacional. Fue ministro de Medio Ambiente y en 2020 sugirió a Bolsonaro aprovechar que la gente estaba distraída con la pandemia para realizar cambios en la legislación, que permitieron deforestar aún más la Amazonía.

Caso especial es, sin duda, el del ex juez Sergio Moro quien fue  ministro de Justicia de Jair Bolsonaro después de encabezar la operación Lava Jato y condenar a Lula. Moro, emblema máximo del lawfare con el que se llenan la boca correístas y kirchneristas, fue elegido senador nacional por el estado de Paraná.

Otro energúmeno electo como congresista fue el exvicepresidente Hamilton Mourão. Cuando el periodista inglés Dom Phillips y el ambientalista Bruno Pereira fueron asesinados en la Amazonía, Mourão se hizo célebre porque prácticamente los culpó de su muerte al decir que no deberían haberse entrometido con los “empresarios locales”, refiriéndose a la mafia del contrabando. A todos los villanos, entonces, les fue muy bien.

La fuerza del bolsonarismo no es cosa menor: los candidatos a gobernador apadrinados por Bolsonaro ganaron en primera vuelta en nueve estados, algunos de ellos muy importantes como el Distrito Federal, Paraná o Rio de Janeiro. Los cercanos a Lula apenas obtuvieron cinco gubernaturas. En el caso de que Lula gane, sus posibilidades de gobernar a sus anchas son casi nulas: el bolsonarismo tiene mayoría en el legislativo. El Partido Liberal, del jefe de Estado, se encamina a tener la mayor bancada en la Cámara de Diputados, según los primeros conteos, y en el Senado, figuras del Partido Liberal (PL) y agrupaciones aliadas se alzaron con al menos 14 de las 27 curules en disputa. El presidente consiguió colocar a ocho senadores más de los que tenía hasta ahora, y el Senado también estará repleto de ex altos funcionarios del Gobierno. Si bien, Lula tuvo más votos, las predicciones muestran cuán perdidos estaban los medios, los analistas y la opinión del establecimiento: de los entre 11 y 15 puntos porcentuales que se dijo que Lula iba a sacar ventaja, apenas sacó 5 puntos. El conteo final señala que Lula tuvo el 48,43 % y Bolsonaro el 43,20%: nadita mal.

¿Qué pasó en Brasil? ¿Por qué a aquellos que fueron retratados por el establecimiento como unos impresentables y unas amenazas a la humanidad les fue tan bien? Para dos periodistas brasileñas, que son corresponsales en Argentina, Janaina Figuereido de O’Globo y Marcia Carmo de la BBC, hay que asumir que Bolsonaro y el bolsonarismo son ya parte del escenario político del Brasil porque sus postulados y su discurso representan, guste o no, a una porción enorme de la sociedad brasileña.

También está la gestión de Bolsonaro: mientras ciertas élites identitarias están pendientes del ambientalismo, el animalismo y las políticas de género, una inmensa porción de los brasileños ve con buenos ojos el desempeño de la economía y la reducción importante de la inflación en los últimos dos años. Asimismo, las predicciones catastróficas que se hicieron en 2018 sobre autoritarismo y posibles agresiones a las minorías sexuales nunca se produjeron, aunque Amnistía Internacional elevó algunas alarmas, con la excepción de los daños ambientales producidos en la Amazonía por el extractivismo de Bolsonaro, algo que para las grandes mayorías no es tan relevante.

Otro tema al que ni la academia ni los analistas de los grandes medios prestaron importancia es el anti «petismo» (del PT, el Partido de los Trabajadores de Lula, al que muchos ven como un nido de corruptos), que sigue vigente en la sociedad brasileña. Según Marcia Carmo, «los escándalos del PT no se olvidan» y muchísimos brasileños ya no quieren saber nada de los partidos tradicionales y encontraron en Bolsonaro al líder que los representa. Al contrario de aquellas figuras vinculadas a los grupos que ven por encima del hombro a quien no se suma a la corrección política o las posiciones identitarias con la que inundan las redes y el debate político. Esto, según el analista argentino Sergio Berensztein, es una llamada de atención al  «establishment intelectual que tanto despreció a Bolsonaro y que no admite que pueda haber un liderazgo popular en manos de la derecha».

Existe otro factor que desafía las lecturas de los analistas y observadores tradicionales: el conservadurismo de Bolsonaro no caló únicamente en los sectores menos educados y sofisticados de la población, como se pensaba, sino también y sobre todo en las regiones más avanzadas y educadas del país. «Todo lo que es más avanzado, más vivo y más equilibrado socialmente optó por la primera alternativa y dio su voto de confianza al presidente Jair Bolsonaro -desde Mato Grosso hasta Rio Grande do Sul-. Los estados más atrasados, desde Bahía hasta Maranhão, se pusieron del lado de Lula»: lo escribió el columnista J.R. Guzzo de la Gazeta do Povo.

También influyó el populismo del actual presidente que bajó los precios de los combustibles pensando en la campaña y las herramientas que tiene al tener el poder ejecutivo. Sin embargo, los resultados representan un desafío a ese establecimiento intelectual que no admite que pueda haber un liderazgo popular en manos de una derecha que se opone a las corrientes identitarias que están de moda.

Foto: Palacio de Planalto

6 Comments

  1. Bolsonaro es de lejos el mejor Presidente, salvo Bukele, de América Latina. Excelentes resultados económicos y gran desarrollo de Brasil. No se conoce casos de corrupción a diferencia de la nefasta época de Lula.
    Las estridentes acusaciones contra Bolsonaro de homofobico, machista etc quedaron en solo eso. El como Patriota es defensor de la libertad individual y el emprendimiento. No impone sus precepto éticos y morales personales a los demás, pero tampoco acepta se imponga a los otros ideologías perniciosas como la ideología de género y el aborto.

  2. La izquierda latinoamericana (exceptuando Uruguay y Costa Rica) no tiene credibilidad, en los hechos han sido igual de populistas y corruptos que la derecha, claro en el discurso son casi la perfección andando, pero ya sabemos que la mentira y la estafa se les da muy bien. También creo que en Latinoamérica, incluso en países más educados como Argentina, Chile y Uruguay, ni se diga en el resto, a la gente de a pie no le interesan las ideologías y los debates intelectualoides en que se enfrascan precisamente los intelectuales y activistas de izquierda, que viven muy cómodos en su burbuja, ¡por eso aquí creen que querer salir a ganarte la vida es un privilegio! Ni hablar de toda la incongruencia, doble discurso y manipulación que hacen, si no estás de acuerdo con ellos automáticamente eres un racista, clasista, machista, discriminador, fascista, etc. Eso y la victimización es el comodín que usan para zanjar cualquier debate y por supuesto no tener que responder preguntas incómodas. Esa falsa superioridad moral e intelectual de los izquierdosos, se desmorona fácilmente cuando ves sus antecedentes, su hoja de vida, quienes son sus socios, a quienes defienden y a quienes tienen detrás, esa izquierda falsaria ya no defiende valores humanos, defiende a caudillos de la peor calaña. Y finalmente, lo que parece ser ya parte de su naturaleza incoherente y arribista, llegar al poder para generar bienestar y riqueza, ¡pero para ellos y sus panas! Miren a Petro, apenas 2 meses y primerito a gastar en lujos y excesos, ropa de diseñador, cosas finas y artículos de alta gama. ¡Como les encanta el consumismo y el capitalismo, solo les indigna cuando ellos no pueden disfrutarlo! Así son los progres de pacotilla, presumen de tener muchos títulos, ser muy capaces y talentosos pero el éxito económico solo les llega cuando obtienen el carguito público o los contratos con papá Estado, entonces mágicamente empieza a crecer su patrimonio, se ganan la lotería varias veces, hacen acuerdos muy lucrativos, crean empresas y hacen «negos», cuando antes jamás les había sonreído la fortuna. La gente no es tonta, también ven eso, es verdad que hay de los que piensan «rovó pero iso ovra», pero también hay mucha gente que está cabreada y entiende que así no se construye un país que valga la pena, no es una cuestión de ideologías. Dice una frase: «Si me engañan una vez, es su culpa. Si me engañan dos veces, es mi culpa». Para mí, ambos candidatos son indefendibles, los 2 representan retroceso y tercermundismo. Bolsonaro no es una buena opción, pero la otra es aún peor, entonces se elige el mal menor.

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